Ahora

Ahora que explotan los coches,
Que sueño de noche,
Que duermo de día.
Ahora que no te escribo
Cuando me voy.
Ahora que estoy más vivo
De lo que estoy.
Ahora que nada es urgente,
Que todo es presente,
Que hay pan para hoy.
Ahora que no te pido
Lo que me das.
Ahora que no me mido
Con los demás.
Ahora que, todos los cuentos,
Parecen el cuento
De nunca empezar.

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Fragmento del libro “Luz en la arena” de Roger Wolfe.

“¿Era aquello la felicidad? Es posible que sí;
aunque en aquel momento ni lo sabíamos ni nos hubiera importado saberlo. Semejante cuestión carecía por completo de importancia, y ni siquiera se planteaba. Cuando eres niño no es que no exista la felicidad; es que no existe ni la palabra que la nombra. Todo eso llega con el sentido moral. A partir de cuyo momento estés tal vez irremediablemente perdido”.

Fragmento del libro “La tregua” de Mario Benedetti

“Querido mío: hace tres semanas que llegué. Tradúcelo: tres semanas que duermo sola. ¿No te parece horrible? Tú sabes que a veces me despierto de noche y tengo absoluta necesidad de tocarte, de sentirte a mi lado. No sé qué tienes de reconfortante, pero el saberte junto a mí hace que en el semisueño me sienta bajo tu protección. Ahora tengo horribles pesadillas, pero mis pesadillas no tienen monstruos. Sólo consisten en soñar que estoy sola en la cama, sin ti. Y cuando me despierto y ahuyento la pesadilla, resulta que efectivamente estoy sola en la cama, sin ti. La única diferencia es que en el sueño no puedo llorar y, en cambio, cuando me despierto, lloro”.

Fragmento del libro “La Náusea” de Jean-Paul Sartre.

¿Cómo pude escribir ayer esta frase absurda y pomposa: “Estoy solo pero camino como un ejército que irrumpiera en una ciudad”? No necesito hacer frases. Escribo para poner en claro ciertas circunstancias. Desconfiar de la literatura. Hay que escribirlo todo al correr de la pluma, sin buscar las palabras. En el fondo, lo que me disgusta es haber estado sublime anoche. Cuando tenía veintidós años, me emborrachaba y en seguida explicaba que yo era un tipo de la clase de Descartes. Sabía muy bien que me estaba inflando de heroísmo, pero me dejaba llevar, eso me gustaba. Al día siguiente, sentía tanto asco como si me hubiera despertado en una cama vomitada. No vomito cuando estoy borracho, pero sería preferible. Ayer ni siquiera tenía la excusa de la embriaguez. Me exalté como un imbécil. Necesito limpiarme con pensamientos abstractos, transparentes como agua”.

Recuerde antes de maldecirme,

No la educó, ya me hago cargo,
pa’ un soñador de pelo largo.
¿Qué le va usted a hacer, señora,
si en su reloj sonó la hora
de olvidar vuestro hogar, señora,
en brazos de un desconocido,
que sólo le ha dado un soplo de Cupido
que no la hizo hermosa
a fuerza de arrugas
y de años perdidos?

Póngase usted un vestido viejo
y, de reojo, en el espejo,
haga marcha atrás, señora.
Recuerde antes de maldecirme,
que tuvo usted la carne firme
y un sueño en la piel,
y un sueño en la piel,
y un sueño en la piel, señora…

El gozo no está en haber realizado algo, el gozo está en haber hecho lo que
deseaste, lo que deseaste con total intensidad, que mientras lo hacías te olvidaste de
todo, del mundo entero; en eso enfocaste todo tu ser.
Y ahí está tu felicidad y tu recompensa, no en lo realizado, no en lo que haya
perdurado.
En este cambiante flujo de la existencia tenemos que encontrar la recompensa
en el minuto mismo. Lo que hagamos, ponemos en eso todo lo mejor, no hacemos
nada a medias. No escondemos nada, nos hemos dado con todo nuestro ser en cada
acto.
En eso está nuestra felicidad.