El Insomnio me Mata. ( J.T )

El insomnio se acerca lentamente y te acorrala. Cada vez te cubre más arriba, como el agua que poco a poco inunda una habitación. En el primer momento aún avivas la esperanza del sueño. Después de todo ha sido un día duro, notas cierto cansancio. Quizá por una vez el telón caiga de repente. De hecho, el insomnio avanza tan despacio y lacónico, que parece que se aleja. Hay un ingenuo minuto en cada noche, parecido a un efecto óptico, en el que crees que dormirás. Pero entonces descubres que el insomnio te respira en la nuca, y te absorbe, como a Travis Bickle en Taxi driver. Ojalá también tú tuvieses un taxi para recorrer las calles mientras la ciudad sueña.

El insomnio te arroja a un desierto frío, en el que puedes escuchar los pasos de la temperatura descendiendo. En realidad, no resulta sencillo explicar el insomnio. «Es temer y contar en la alta noche las duras campanadas fatales», decía Borges. Su fuerza te condena a una lucidez total. Mientras la noche se achica, y avanza a pequeños pasos, tú solo eres capaz de pensar. Se trata de un movimiento rechinante y perpetuo. Te abordan ideas y más ideas. Las desgranas, las estudias, las reconstruyes. Nadie está libre de una madrugada incesante. Ni la persona más pura y derrengada. Ni siquiera el pato Donald. Recuerdo dos cortometrajes de Disney. En uno, Donald no pega ojo porque el colchón es incómodo; en el otro, porque hay un grifo que no cesa de gotear. Cuando los insomnios se encadenan, aprendes a formarte una imagen de su presencia desde mucho antes de que llegue. Tal vez sus pisadas retumben a lo lejos, pero tú consigues advertir a tu lado incluso los insomnios futuros. Es como si ya los hubieses vivido. Esta clase de imposibilidades lógicas, por otra parte viables, quedan bien explicadas en El perseguidor, de Julio Cortázar, cuando Johnny Carter, en mitad de una grabación comienza a golpearse la frente y a repetir desesperadamente, a semejanza de un niño que acaba de ver un fantasma: «Esto ya lo toqué mañana, es horrible, Miles, esto ya lo toqué mañana».

La ausencia de sueño te hace retroceder hasta la pared, y ahí te rindes. En Ahora me acuesto, el famoso relato sobre el insomnio de Ernest Hemingway, el protagonista aprende a ocupar el tiempo para estar despierto, pues vive bajo el convencimiento de que si alguna vez cierra los ojos en la oscuridad, y se deja ir, el alma abandonará su cuerpo. Piensa en un río truchero al que iba a pescar cuando era un muchacho. O reza por todas las personas que ha conocido. Si reza un avemaría y un padrenuestro por cada una, tardaba muchísimo tiempo y por fin será de día, y entonces sí podrá dormirse sin riesgo para su alma.

El insomnio representa un tipo de desahucio. Entra en tu cabeza y te desarregla. En cierto modo, te arrebata el control. Tu control. Hay cerebros que nunca salen derrotados, no se apagan con la oscuridad. A lo más, algunas noches se sienten abatidos, pero esa sensación remite a la tristeza y no tanto a la extenuación. La noche les proporciona superioridad, pero al mismo tiempo acaba con ellos. La victoria del insomnio impone este desolador efecto. Cae el sol, cae la madrugada, cae el silencio del edificio, pero la cabeza ruge y da vueltas.

El verdadero insomnio es diario, y equivale al horror. García Márquez detalla un instante feroz en Cien años de soledad, cuando Visitación, en mitad de la noche, oye un extraño ruido intermitente, y al incorporarse ve a la pequeña Rebeca en el mecedor, «chupándose el dedo y con los ojos alumbrados como los de un gato en la oscuridad». Aterrorizada, la mujer reconoce en esos ojos la «peste del insomnio» que desoló Macondo.

A menudo parece que todo esté explicado en relación al insomnio. Pero nada está dicho. Todos los insomnios son el primer insomnio de la historia. Nadie entiende tus desolaciones enteramente. Y menos que nadie otro insomne. Scott Fitzgerald lo reconoce en Crack up, donde admite que el día que leyó Ahora me acuesto pensó que no había nada más que alegar sobre el insomnio. «Hoy veo que eso era porque nunca lo había sufrido mucho; se diría que el insomnio de cada uno es tan distintos del de su vecino como las esperanzas y aspiraciones diurnas».

El sueño decae por un millón de motivos. Ni siquiera preocupantes. A veces decae sin motivos. Te remueves bajo las sabanas, y la persona que está a tu lado te pregunta «¿No puedes dormir?». «No», respondes. «¿Qué te pasa?», insiste. «No lo sé. No puedo dormir», afirmas. Y no puedes decir más porque no sabes. «¿Te encuentras bien?», pregunta otra vez. «Claro. Me encuentro bien. Es solo que no puedo dormir». Casi siempre el insomnio es eso, una ausencia de problemas. Estás bien. Perfecto. Es solo que no puedes dormir.

No faltan las ocasiones, lógicamente, en que no duermes porque un problema te acecha. Algo muy grande. Enorme. Gravísimo. O algo infinitesimal y ridículo. Fitzgerald aseguraba que en su caso todo empezó por un mísero mosquito, que apareció de golpe en el piso veintiuno de un hotel de Nueva York, «tan fuera de lugar como un armadillo», pero cuya presencia en la oscuridad cobró una cualidad odiosa y siniestra de lucha a muerte. Ahí empezó su insomnio, y ya nunca se fue.

En vela, puedes notar la pegajosa densidad de cada segundo, de ahí que quieras ocupar el tiempo en leer, escribir, ver series, masturbarte, fumar marihuana, telefonear a algún amigo dormido. La maldición del insomnio es algo que casi se toca. El pensamiento también puede resultar un factor de desesperación. Existen personas condenadas a moldear sus ideas noche y día. Eso las hace superiores, pero a la vez las vuelve locas. Conozco a gente que siempre está despierta a las cinco de la mañana. Y me causan miedo. No tanto porque sean personas peligrosas, sino porque a la mañana, cuando te levantas, te duchas, desayunas, adviertes las primeras ideas, te llevan varias horas de ventaja. Ellas ya han tenido tus ideas muchas horas antes. Y las han desechado. En cierto sentido el insomnio es fructífero. Te indica que estás vivo. Pero a la vez te señala la muerte. Te aboca a una lucha implacable contra ese tipo despreciable que eres tú mismo. Es la enfermedad y el remedio. Es la oscuridad y la luz. Es la razón y el delirio. Y no tiene solución posible. Aunque Man Rayaseguraba que sí. Lo contó Juan Forn en el diario Página 12. Eran los años treinta, y el fotógrafo tocaba la gloria con los dedos. Sin embargo, eso no bastaba para conciliar el sueño por las noches. Madrugada tras madrugada permanecía en vilo. Hasta que un día conoció al escritor William Seabrook, quien le aseguró que si se acostaba con arma cargada bajo la almohada al fin conseguiría dormir. «No hay nada que no pueda solucionarse con una pistola», dijo.

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