La gloria del mundo es transitoria.

sentido

Sic transit gloria mundi. De esta manera San Pablo define la condición humana en una de sus epístolas: la gloria del mundo es transitoria.

Y, a pesar de saber esto, el hombre siempre insiste en el reconocimiento por su trabajo, por lo que hace, por lo que tiene, por lo que acumula ¿Por qué? Uno de los mayores poetas brasileños, Vinícius de Moraes, dice en una de sus canciones:

E no entanto é preciso cantarmais que nunca é preciso cantar

(Y, no obstante, es preciso cantar, más que nunca es preciso cantar)

Vinícius de Moraes está brillante en esa frase. Recordando a Gertrude Stein en su poema “Una rosa es una rosa, es una rosa”, se limita a decir que es preciso cantar. No da explicaciones, no justifica, no usa metáforas. El académico Josué Montello dijo: “Todo hombre tiene el deber de seguir el camino que pasa por su aldea”. ¿Por qué? ¿Qué es lo que hay en ese camino?

¿Qué fuerza es esa que nos empuja hacia delante, alejándonos del confortable ambiente que nos es familiar y nos lleva a enfrentar desafíos, aun sabiendo que la gloria del mundo es transitoria?

Creo que ese impulso se llama “la búsqueda del sentido de la vida”.

Vinícius de Moraes de nuevo nos alerta sobre lo que en verdad es la  soledad:

……………..La mayor soledad es la del ser que no ama. La mayor soledad es el dolor del ser que se ausenta, que se defiende, que se cierra, que se rehúsa a participar de la vida humana.  La mayor soledad es la del hombre encerrado en sí mismo, en el absoluto se sí mismo, el que no da a quien pide lo que él puede dar de amor, de amistad, de socorro.

El mayor solitario es el que tiene miedo de amar, el que tiene miedo de herir y herirse, el ser casto de la mujer, del amigo, del pueblo, del mundo. Ese quema como una lámpara triste, cuyo reflejo entristece también todo en su entorno. Él es la angustia del mundo que le refleja. Él es el que se rehúsa a las verdaderas fuentes de emoción, las que son el patrimonio de todos, y encerrado en su duro privilegio, siembra piedras de lo alto de su fría y desolada torre………………………………

Durante muchos años busqué en los libros, en el arte, en la ciencia, en los caminos – peligrosos o cómodos – que recorrí, una respuesta definitiva para esa pregunta. Encontré muchas: algunas que me convencieron durante algunos años, otras que no resistieron un solo día de análisis. Sin embargo, ninguna de ellas fue lo suficientemente fuerte como para poder decir ahora: el sentido de la vida es éste.

Hoy estoy convencido de que tal respuesta jamás nos será confiada en esta existencia aun cuando al final, en el momento en que volvamos a estar ante el Creador, comprenderemos cada oportunidad que nos fue ofrecida y entonces aceptada o rechazada.

En un sermón de 1890, el pastor Henry Drummond hablando de ese encuentro, dice:

“En ese momento, la gran pregunta del ser humano no será “¿Cómo viví?” Será, esto sí, “¿Cómo amé?”

La prueba final de toda búsqueda es la dimensión de nuestro Amor. No será tomado en cuenta lo que hicimos, en qué creímos, o lo que conseguimos.

Nada de eso nos será reprochado, pero sí nuestra manera de amar al prójimo. Los errores que cometimos ni siquiera serán recordados. No seremos juzgados por el mal que hicimos, sino por el bien que dejamos de hacer. Pues mantener el Amor encerrado dentro de sí es ir en contra del espíritu de Dios, es prueba de que nunca lo conocimos, de que Él nos amó en vano.”

La gloria del mundo es pasajera, y no es ella la que nos da la dimensión de nuestra vida, sino la elección que hacemos de seguir nuestra leyenda personal, creer en nuestras utopías, y luchar por ellas. Todos somos protagonistas de nuestra existencia, y muchas veces son los héroes anónimos quienes dejan las huellas más duraderas.

Cuenta una leyenda japonesa que cierto monje, entusiasmado por la belleza del libro chino Tao Te King, resolvió recolectar fondos para traducir y publicar aquellos versos en su lengua patria. Demoró diez años hasta conseguir lo suficiente.

Mientras tanto, una peste asoló su país y el monje decidió usar el dinero para aliviar el sufrimiento de los enfermos. Pero en cuanto la situación se normalizó, nuevamente partió para recaudar la cantidad necesaria para la publicación del Tao; otros diez años pasaron, y cuando ya se preparaba para imprimir el libro, un maremoto dejó a centenares de personas sin hogar. El monje de nuevo gastó el dinero en la reconstrucción de casas para los que lo habían perdido todo. Pasaron otros diez años, él volvió a recoger el dinero y finalmente el pueblo japonés pudo leer el Tao Te King.

Dicen los sabios que, en verdad, ese monje hizo tres ediciones del Tao: dos invisibles y una impresa. Él creyó en su utopía, libró el buen combate, mantuvo la fe en su objetivo, pero no dejó de prestar atención a sus semejantes.

Que así sea con todos nosotros: a veces los libros invisibles, nacidos de la generosidad hacia el prójimo, son tan importantes como aquellos que ocupan nuestras bibliotecas.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s