MUJERES CON HIJOS

«Las madres no escriben, están escritas». Helene Deutsch.

Cuando pensamos en una madre, en una buena madre, lo que nos devuelve la literatura es una mujer servicial, paciente y entregada al cuidado de su hijo. Del mismo modo que el amor o el sexo, la maternidad está idealizada en el arte, confundiendo a unos y desalentando a otras. ¿Por qué una buena madre está siempre relacionada con la renuncia a su propio empleo, a su vida, a su sexualidad y a sus tiempos? La madre de verdad, la madre que ama a su hijo, lo tiene que hacer por encima de todo y, lo más importante, de modo incondicional y a tiempo completo.
Adrienne Rich es una de las primeras mujeres que nos alerta de algo: nadie ama todos los días, a todas horas. Nadie. Las madres tampoco. Por eso la imagen de maternidad y sacrificio, esa combinación diabólica, frustra a tantas mujeres ocupadas y contradictorias e imperfectas y, oh, humanas: esa madre no existe. Y no pasa nada porque no exista, no es ninguna deshonra, no es una acusación. Tranquilicémonos: las madres no quieren menos a sus hijos porque estén cansadas o sientan rabia (una rabia que los niños no comprenden de dónde viene), los hijos no son menos importantes porque sus madres —igual que sus padres— tengan otras ambiciones, otros intereses, otras ocupaciones: porque ellas, a veces, quieran perderlos de vista.
De reflexionar acerca de la madre modélica y oponerla a la madre real, trata Maternidad y creación, un libro de Moyra Davey en el que se recogen textos (relatos, pero también diarios, ensayos y memorias) de mujeres como Doris Lessing, Jane Lazarre, Margaret Atwood o Toni Morrison. Confesiones de madres divididas entre el mundo y sus hijos, entre su vocación y su obligación como madre, entre su intimidad y el placer de la crianza. Lo que hace diferente esta edición de otras es que estas mujeres no quieren demostrar nada, no quieren dar ningún discurso. Son madres y son escritoras, y quieren hablar de ello, y quieren hacerlo honestamente, aunque la honestidad sea incómoda y políticamente incorrecta. Quieren hablar del otro lado, de la oscuridad, de la incomprensión y el aislamiento en el que te sume la maternidad, los primeros años del niño. Madres socialmente despreciables que no encajan con ese modelo de mujer al servicio de la casa, el marido y los niños.
El instinto, un enemigo
Doris Lessing, en Dentro de mí, habla de muchas de las contradicciones que vive la mujer joven fértil cuando está rodeada de mujeres jóvenes fértiles. En sus primeros años como madre, lo que reina es un cansancio absoluto. Es impactante leer a una mujer hablar de su hijo sin efusividad, sino desde un tono lento y una voz exhausta. Cuando la madre habla del niño, acostumbra a obviar los malos ratos, no se atreve a enumerar las decepciones, porque se la podrá malinterpretar, pasará al otro bando: el de las malas madres. Por eso, cuando Doris Lessing va a esas reuniones del té a las que acuden mujeres con sus hijos y los amamantan, siente tanto rechazo y, a un tiempo, la necesidad de acudir regularmente. Nos cuenta cómo esas mujeres, en confianza, reconocen que no quieren tener más hijos, que este —esa preciosa cabeza que se abalanza sobre su pecho para su toma— es el último, y cómo unos meses más tarde anuncian otro embarazo. «Una de ellas llega con un nuevo bebé, y allí está con su cosita, con la cabeza desplomada sobre el hombro de su madre. De repente, tu propio niño te parece enorme, incluso bruto. Recuerdas la dulce intimidad con el recién nacido. Seguramente dijiste: “Todavía no voy a tener otro bebé —o tal vez nunca más”, pero de pronto, con un bebé en los brazos, te vuelves “clueca” […] Las hormonas ya se han sobresaltado y tú estás fuera de juego. Pronto en una reunión del té, anunciarás: “¡Estoy embarazada!”». Pero esto no solo le ocurre a Doris Lessing, Adrienne Rich, después de muchos años, de tener hijos ya más independientes, se encuentra con una conocida que acaba de tener un bebé. Tras haber luchado —incluso con la esterilización después del tercer hijo— para recuperar su vida y su autonomía, ve al bebé y vuelve a sentir, por unos momentos, el deseo de tener uno.
El aislamiento de la madre
En uno de los textos más estremecedores del libro, Jane Lazarre habla de cómo poco a poco la madre va perdiendo identidad. Cómo la pierde consigo misma, con la sociedad y, lo que es peor, con otras madres. El primer síntoma es la pérdida del nombre: Jane ya no es Jane, sino la mamá de Benjamín. «Temblarán y temblaré mientras nos saludamos, y haremos algún comentario sobre el tiempo y algún otro sobre el bebé, y ninguno sobre nuestros maridos, que no volverán hasta que oscurezca para ayudarnos con los niños mojados, fríos, malhumorados, y tampoco ningún comentario sobre nosotras. Para unas y para otras, para los niños pequeños y para los padres ausentes, somos madres. Soy la madre de Benjamin y en breve le daré los buenos días a la madre de Matthew».
Vive en un complejo residencial y lo único que la conecta con el exterior de su casa es ese bebé que tiene, que no duerme toda la noche, a diferencia de los otros, y que tiene a su madre en permanente confusión. Pronto, en los primeros meses, se da cuenta de lo insatisfecha que se siente, de lo mucho que le gusta gritar «para no perder la fe en mi existencia». Esa existencia se ha ido evaporando hasta un punto extremo: Jane se pasa tres semanas vestida con una bata sucia, y se pregunta para qué se va a cambiar de ropa si cada tres horas va a tener que quitársela para dar de mamar y se va a manchar. Hasta que un día ve cómo otras jóvenes toman la misma actitud que ella, van mal vestidas, incluso por el complejo, y se asusta.
Digo que es un texto sobrecogedor porque, llegados a un punto de desesperación, una desesperación que no puede mostrar porque podría convertirse automáticamente en una mala madre…; bien, llegados a un punto de desesperación, Jane decide poner a prueba al resto de mujeres y les habla con honestidad: las incomoda con su mala actitud y su poca generosidad como madre. Se atreve a exteriorizar el horror, esa intensidad emocional, la insatisfacción, el cansancio, el ceder o no ceder a las necesidades del hijo. Y a partir de entonces, después de hacerlo con algunas de las madres, encuentra a alguien que la comprende, que la apoya y que siente exactamente lo mismo: una cómplice. Y de esa cómplice, otras, otras muchas que forman un grupo y se reúnen para hablar de todo aquello que esconde la maternidad, que los demás esconden de la maternidad y que existe. Anna, una de las mujeres del complejo, dice: «Ser madre es algo horrible. Arruina la relación con tu marido. Arruina tu vida. No puedes abandonarlos porque los quieres y cuando estás con ellos los odias. Yo era una buena enfermera. Muy competente. He cuidado de gente de todo el mundo. Dirigía una planta entera en Boston. Ahora soy madre, y significa que soy nada».
La contradicción, una intrusa en la convivencia
Sin embargo, en todo el libro, pocas veces podemos leer el arrepentimiento de la madre. Aunque hablen tan crudamente de sus hijos, de su vida, de su maternidad, de lo que sienten, eso no las convierte en peores. Viven en una constante contradicción, porque aunque aman a sus hijos, también los detestan. Aunque darían la vida por ellos, necesitan una propia en la que ellos no intervengan. Aunque desean pasar todo el tiempo con ellos, cuando están juntos se sienten encarceladas. Adrienne Rich, una de las más lúcidas de la antología, habla de que sus hijos «me causan el sufrimiento más exquisito que haya experimentado nunca. Se trata del sufrimiento de la ambivalencia: la alternancia mortal entre el resentimiento amargo y los nervios crecientes y salvajes, y la gratificación y la ternura más felices. […] Tal vez sea un monstruo —una antimujer—, un ser sin voluntad, dirigido y sin recurso para experimentar los consuelos normales atractivos del amor, la maternidad y la alegría en los demás».
Esa ambivalencia es común a todas las mujeres que hablan de la maternidad de un modo duro y vulgar, sin lugares comunes, con dosis de realismo. Muchas madres se quedan atrapadas en un perfil de madre incondicional, y confían en que si no se salen del estereotipo, no estarán fallando en nada. Por eso, cuando estas mujeres tienen ciertos pensamientos o sentimientos hacia sus hijos, se sienten monstruos, antimujeres, madres de cuentos para asustar a los niños. Hay tantas diferencias entre lo que se espera de ellas y lo que finalmente están dispuestas a dar, que se decepcionan consigo mismas. Pero nada más lejos de la realidad: se habla de resentimiento, pero también de gratificación.
Maternidad y creación: madres que escriben
Pero la antología va más allá. Además de relatos, en la última parte, también se habla de la maternidad desde el punto de vista creativo: la madre que escribe. Rich nos señala cómo la literatura suele tratar el drama del niño, desde el niño, y cómo las madres de las novelas acostumbran a ser personajes completos, redondos, que saben dónde está el bien y empieza el mal, qué se debe hacer. El niño vive en la incomprensión con unos padres que le han tocado, que no puede elegir, y olvidan que la madre vive igual que el hijo: tampoco ha elegido, también está confusa.
Por otra parte, como artistas, viven en una constante lucha contra el tiempo: el hijo o la literatura. «No sé si se trata de extrema lasitud del principio del embarazo o de algo más fundamental; pero en este último tiempo me inspira la poesía —tanto si la leo como si la escribo— no más que tedio e indiferencia, sobre todo la mía y la de mis contemporáneos más inmediatos». Adrienne Rich se aburre con la poesía, pero cuando la escribe, lo hace como mujer y no como madre. Sí, decide que, cuando pase ese tedio, cuando la poesía vuelva a interesarle, será su espacio y ahí no será la madre de nadie, no escribirá sobre hijos. Pero no importa, porque aunque no escriba sobre ellos, ellos están sobre la poesía, por encima, y cuando a medianoche tenga que despertarse porque alguno de sus hijos ha tenido una pesadilla o tiene sed, volverá a la cama con los ojos vidriosos de rabia, sabiendo que al día siguiente, cuando quiera volver a ese espacio en el que no es la madre de nadie, cuando quiera volver a la poesía, estará demasiado cansada.
Kate Kollwitz, entonces, determina algo: «Tal y como ustedes, niños de mi carne, han sido mis tareas, lo son también mis otras obras». Pero esas otras obras no reclaman tu atención, no al menos de una manera tan desbordante y absorbente, sin perdón. Liv Ullman dice: «Intenta decirle a un niño que mamá está trabajando cuando el niño ve con sus propios ojos que su madre está sentada escribiendo… No me atrevo a poner música cuando estoy en el sótano escribiendo, no sea que arriba se crean que estoy holgazaneando». Se trata de mujeres que no trabajan, que se quedan en casa al cuidado de los niños y que intentan escribir: es decir, apenas traen dinero a casa. Y esa enorme responsabilidad que acarrea no ser económicamente solvente y tener tus deberes como mujer, anulan esa libertad para crear. Para poner unos horarios y para aislar la escritura de la vida doméstica, reconciliarlas, se necesita la osadía de Alicia Ostriker al preguntarse algo fundamental: «Que las mujeres deberían hacer bebés en lugar de hacer libros es la opinión de la civilización occidental. Que las mujeres deberían hacer libros en lugar de bebés es una variación sobre el mismo tema. ¿Es posible, o deseable, para una mujer, hacer ambas cosas?».
Esa es la gran pregunta: no tanto si es deseable, que ya sabemos que sí, sino si es posible. ¿Es posible que la mujer que no tiene hijos no se sienta egoísta (Mary Gaitskill), que la mujer que no atiende a los caprichos de un hijo no se sienta culpable (Ellen McMahon), que la mujer que escribe pueda hacerlo en un lugar adecuado y no frente al mar, como en el principio de El cuarto de Jacob, de Virginia Woolf (Ursula Le Guin)?
¿Puede la mujer reconciliar lo doméstico, la maternidad, el buen matrimonio y el arte? Y una última pregunta que no hago yo, sino Julia Kristeva, y que quizá sea lo primero que debamos responder para después ocuparnos del resto de matices: ¿qué sabemos acerca del discurso interno de una madre?

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Author: Carlitos Way BLOG

El tiempo... Traicionero amigo... Quizás nos permite ver todo más claro, tal vez nos permita calmarnos un poco y seguramente también hará que perdamos la oportunidad y lo perdamos todo...

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