Las apariencias enganan.

Nada hay tan importante para nosotros los seres humanos, como las relaciones con los demás, tanto que Antoine de Saint Exupery decía que “el ser está hecho de relaciones y sólo éstas le importan”. A veces, sin embargo, las apariencias nos engañan. Vemos personas enloquecidas por ganar más dinero, artistas trastornados por la fama, políticos obsesionados en su lucha tras el poder y eternos don Juanes desesperados por anotar nombres en su interminable lista de conquistas. Todos ellos, al igual que las personas comunes y corrientes que buscamos el amor y bienestar de nuestras familias, necesitamos “inevitablemente” establecer relaciones con los otros, para hacer realidad nuestros sueños.

La mayor parte de nuestras necesidades requieren de la participación de otras personas y por eso las relaciones humanas son tan complejas. Estamos cargados de expectativas, deseos y temores que contaminan todos los vínculos que establecemos en la vida. Quien es inseguro, por ejemplo, con frecuencia se sentirá atacado y desvalorizado por la más mínima observación negativa acerca de su comportamiento. El que tiene un exceso de orgullo será incapaz de comprender y perdonar los errores de los demás. Y el que necesita de continua aprobación, no podrá soportar que otros sean alabados o destacados y tratará de minimizar o ignorar sus logros. Este tipo de actitudes que están por debajo de los comportamientos visibles, son los que complican las relaciones humanas y producen un sinnúmero de dolores y frustraciones.

Todos somos distintos, es cierto, pero también somos muy semejantes en relación a los procesos internos que vivimos. Todos quisiéramos ser amados, comprendidos y valorados…..entonces

¿por qué parecemos indiferentes y tacaños a la hora de demostrar el afecto, el aprecio, el agradecimiento y la admiración que nos producen quienes nos rodean?

Todos nosotros hemos pasado muchos días, o semanas enteras, sin recibir ningún gesto de cariño del prójimo. Son momentos difíciles, cuando el calor humano desaparece, y la vida se reduce a un arduo esfuerzo por sobrevivir.

En esos momentos en que el fuego ajeno no le da calor a nuestra alma, debemos revisar nuestro propio hogar. Debemos agregarle más leña y tratar de iluminar la sala oscura en la que nuestra vida se transformó.

Cuando escuchemos que nuestro fuego crepita, que la madera cruje, que las brasas brillan o las historias que las llamas cuentan, la esperanza nos será devuelta.

Si somos capaces de amar, también seremos capaces de ser amados. No es más que cuestión de tiempo

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