….Entre cubanos, Fernando ortiz……

Diríase que en estas tierras que el sol caldea, padecemos

la enfermedad del sueño, la del sueño más

terrible, la del sueño de las almas.

Dormimos profundamente en estos países inter-tropicales.

Nada perturba nuestra invencible soñera. No se

oyen ya desde hace años los fragores de la lucha independizadora,

ni el estampido de los fusiles, ni el trueno

de los cañones, ni el tétrico tintineo de los machetes que

se cruzan, ni los ayes de los heridos, ni el seco golpe de

los muertos al caer, ni las maldiciones del derrotado, ni

los hurras del vencedor, ni el gemido de los huérjanos,

el llanto de las madres y la plegaria de las esposas

Todo calló, hasta las auras funerarias callaron el responso

de sus graznidos.

Dormimos, porque no llegan á nuestros oídos las

notas agudas de la guerra extinta, ni las de nonnatos

idealismos militantes.

También aquí hace falta que surja un Pedro

Ermitaño, predicando una nueva cruzada, una

locura colectiva que galvanice al pobre pueblo.

No sabemos á dónde vamos ; hambrientos deideales,

infelices abúlicos, languidecemos al

borde del sendero de la vida, esperando que

algún piadoso caminante nos arroje migajas

de civilización, ó nos lleve compasivamente en

su carro hasta un mesón vecino.

Nos faltan caballeros andantes que nos sacudan,

que nos despierten de esta modorra tropical

en que la victoria nos ha sumido, y que nos

conduzcan, como caudillos de la fé, á la conquista

de nuevos lauros, que los laureles mambises

no deben servirnos de adormideras.

Suspiramos por Caballeros de la Locura que

hagan llover cuchilladas sobre los ridículos

retablos y figurillas con que los Maeses Pedros

de aquende los mares entretienen nuestras

mentes infantiles, que se entusiasman con tal ó

cual Don Gaiferos y llegan á creer en la libertad

de Melisendra ; cual si por tamaña empresa

ilusoria fuésemos á armar nuestro brazo y á

dar nuestra sangre.

Sobrados estamos aquí de Caballeros de los

Espejos, que deslumhran á nuestras inteligencias

de alondra, y sólo son bachilleres rutineros,

vulgares y socarrones, que intentan echar

por tierra á todo caballero que defienda á botes

de lanza la Dulcinea de su ideal, envidiosos de

que la fama llegue á trompetear los nombres de

estos esforzados paladines.

Todos nos creemos hijos de la Gloria, y llegamos

á tomar en serio como función básica de

nuestra vida, la del turiferario, sahumándonos

recíprocamente, quemando mucho incienso,

para que el humo espeso encubra nuestros

andrajos y haga creer á los no iniciados que

vivimos entre nubes, como los dioses. Y con

frecuencia nos tenemos por tales y nos pavoneamos

á nuestras anchas, y vamos hacia el mañana

en la carreta de nuestra vida, que chirría

quejándose, muy contentos y bullangueros por

creernos emperadores y reyes, héroes y superhombres,

como iban los farsantes en el carro de

la Muerte, que topó el Gran Loco, enmascarados

con colorines y llevando cetros de oropel.

Y no somos los menos ilusos los que debiéramos

ser savia nueva para el árbol de la intelectualidad

nacional.

Nos creemos ungidos por el Gran Espíritu ;

nacidos, como Minerva, de la frente de Júpiter,

armados y prontos para vencer. Somos una

legión de genios que escalaremos el Olimpo, si

es que hay justicia bajo los cielos. Pero van

corriendo nuestros días y permanecemos á ras

de tierra, sin que se fijen en nosotros los que

pasan y saben do van, tras de su estrella. Y

entonces comenzamos por envidiar al compañero,

como si no hubiese lugar para todos en la cruzada ele las ideas, y tratamos de herirlo á

mansalva para que el laurel que él pueda ganarse

en la lucha no lo reste de nuestra corona

la veleidosa Fama. Despreciamos á los que desde

la cumbre nos llaman y estimulan y les achacamos

nuestro fracaso, cacareando en todas ocasiones

la impotencia de los viejos y la esterilidad

de sus ideas. La pereza intelectual nos abotarga

; desdeñamos á los maestros sin estudiarlos

siquiera ; criticamos con desenfado la obra

ajena, con saña cruel si no es la de un iniciado

en la farsa ; queremos pintar la vida cuando no

hemos aún vivido ; intentamos ser poetas y

subir al Parnaso con las alas de Icaro de nuestros

inconsistentes pensamientos de cera; pretendemos

analizar la sutil psicología de los que

viven, aman y piensan, no habiendo conseguido

antes definir la nuestra propia, quizás porque la

anestesia de nuestra ignorancia nos priva de

sentir otras emociones que no sean las ordinarias

producidas por el rudo martilleo de la vida

sobre nuestro ánimo, bien distintas de las que

derivan del suave cosquilleo

de aquella en los sentimientos cultivados.

Y así, tristones, impotentes inconfesos, envidiosos

empedernidos y vanidosos insoportables,

vamos subiendo la escala de la vida. Pero eso

sí, pretendidos intelectuales ó modestos profanos,

todos tenemos una vanidad, que pudiera

llamarse nacional, por su difusión : la del choteo.

Es la desgracia criolla. Todo lo motejamos

de ridículo ; y apenas florece una idea en este

nuestro árido campo, la reímos como niñería.

Toda nuestra psicología presente, por lo menos

en sus aristas más agudas, puede condensarse

en una máxima que está de continuo en boca

de todos y que nos complacemos en repetir

hasta la saciedad, quizás porque comprendemos

la amarga verdad que la filosofía popular

encierra en ella : Entre cubanos no andamos con

boberías.

Y boberías son aquí todos los móviles que

en otras tierras inspiran enérgicamente á los

hombres y los hacen vivir con fé, luchar con

esperanza y triunfar con caridad.

No tenemos religión alguna. Somos descreídos.

Nuestras ideas de ultratumba no pasan de

ser burdas y mal pergeñadas supersticiones. Ni

somos fervientes de un culto, ni sectarios del

libre pensamiento. ¿Para qué? Nuestra mentecomodona

se deja arrullar por los ritos con el

placer nostálgico con que oímos, cuando viejos,

las consejas de las nodrizas y sentiríamos perder

esa poesía. Y de ahí no pasamos : ser practicantes

de un culto ó ser ateos, pensar en el gran

problema… eso es bobería.

El pueblo cubano, noblote, sincero é infantil,

suspira inconscientemente por una de esas

bobérlas, que en otros pueblos producen trascendentales

sensateces. Recuerda que de bobos fueron

tildados los Céspedes, los Martí, los héroes

todos de nuestra única bobería nacional, que nos

dio vida, fuerza y esperanzas, y clama por otros

bobos andantes que den por tierra con tanto

listo como sufrimos. Observa que cuando un

individuo de instintos no rebáñeseos se aparta

del montón de los indeferenciados, se le culpa

de bobería, se le acusa de traidor á la patria por

su abstención de la vida gregaria de los más…

Ahí están los Lanuza, los Varona, los Justo de

Lara y demás renombrados y escasos caballeros

que calzan espuela de oro y luchan altivos y

fieros, pluma en ristre y embrazado el broquel

de su ciencia, por esas Dulcineas de las almas

nobles que nosotros tomamos por boberías,

motejados de graneles bobos, como le fué de gran

Ionio el Hidalgo de la Mancha por aquel sesudo

eclesiástico que cuidaba de su estómago satisfecho

en el Palacio de los Duques.

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Author: Carlitos Way BLOG

El tiempo... Traicionero amigo... Quizás nos permite ver todo más claro, tal vez nos permita calmarnos un poco y seguramente también hará que perdamos la oportunidad y lo perdamos todo...

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