Abandono y soledad

No les falta razón a quienes aseguran que la peor soledad es la que se instala entre dos. Esa que lleva a cada miembro de la pareja a experimentar, también en aislamiento, la sensación de amanecer cada día junto a un extraño, el mismo hombre/mujer que años atrás eran posibles desde las ilusiones hasta el sexo placentero. La misma rutina bajo el mismo techo. El dia a dia. Los retos de criar hijos. El egoísmo y las expectativas sin límites de los familiares que te rodean.

Las causas para este desamparo afectivo pueden ser muchas y entre ellas suelen mencionarse la resignación a la pérdida del amor; la tozudez de aferrarse solo por prejuicios a un matrimonio que ya no funciona; el miedo al qué dirán; la dependencia económica, la cobardía en tomar decisiones, la rigidez de una crianza basada en el terror, el miedo, la culpa…

Otro motivo esgrimido con frecuencia es el de la felicidad de los hijos tal como me confesó recientemente una amiga quien me permitió compartir su historia:

“De lo hermoso a mi matrimonio solo ha quedado mi hijo, no me he ido de casa por no hacer sufrir al pequeño. Del amor apasionado y tierno de hace 10 años, pasamos a una relación fría, gris… Afortunadamente los dos trabajamos fuera, y cuando llegamos a la casa la rutina nos ocupa y apenas si intercambiamos palabras. La pocas veces que compartimos en la cama algo más que el sueño, quedo con la pésima sensación de estar accediendo a un instinto puramente animal de alguien a quien cada día conozco menos”.
…” Varias veces le ha hablado de separarnos pero él argumenta que no puede vivir sin mí, que necesita el calor del niño… Jura que va cambiar y la promesa se esfuma antes de que concluya la segunda semana (…) Me siento tan abandonada y triste que no sé qué hacer. Creo me estoy enfermando de soledad porque a pesar de tener una profesión que disfruto, unos padres que me adoran, amigos que me invitan, una situación económica holgada y un hijo que es mi luz, no soy feliz. Cada día estoy más amargada, me he vuelto casi huraña, evito las fiestas y paseos. Parezco una anciana cansada y sin ilusiones”.
Para otra la situación es aun mas penosa:…. “soy presa de una madre cruel y egoísta. Me separe hace anos y tengo dos hijas. Sin embargo, mi madre controla cada segundo y espacio de mi vida. Su miedo a una vejes sin compañía la ha hecho cruel y abusiva. Impide que mi vida tome un camino nuevo. Sabotea todo intento por recomenzar de nuevo. No solo es cruel conmigo, pero con mis hijas. Y yo, me he convertido en una dependiente de su crueldad y sus miedos. Soy incapaz de dar un paso sin antes buscar su aprobación……..

Estas historias, tristes y reales, confirman porque hoy ya no es suficiente mantener una familia, un esposo/esposa, una linda casa, bienes materiales… Es posible que no todos tengan el atrevimiento para romper con esquemas preestablecidos y luchar por lo que quieren, pero en ellos se expresa, cada vez con mayor intensidad, la necesidad – incluso a nivel inconsciente-, de vivir más que en compañía, en pareja, y crear un espacio donde sea posible una existencia plena, rica en acontecimientos, emociones, sentimientos…

En realidad la soledad del ser humano no es un término que podamos simplificar. Ella comienza a morir cuando nace el amor, sea del tipo que sea. Nada complace más que sabernos queridos, necesitados y poco nos hace más felices que descubrir que alguien se preocupa y disfruta de nuestra compañía, ya sea un hijo, un familiar, un amigo… Pero ninguno de esos afectos suple el de pareja, ese espacio de convivencia frágil y resistente a la vez.

Claro está, que si ese espacio queda vacante o está mal cubierto, nos queda siempre la autoestima que cual ungüento de la Magdalena puede ayudarnos a sobrellevar las frustraciones, hacernos reflexionar y conducirnos en el camino de reclamar y luchar por la vida que presumimos merecer.
Solos en compañía de alguien

En general, cuando se dan estas situaciones de estar solos en compañía, la responsabilidad es compartida y convendría empezar por que cada parte se reconozca a sí misma y luego escucharse mutuamente. En ocasiones, se teme la respuesta del otro y por eso se guarda silencio.

Me viene a la mente entonces, evocar al poeta y compositor brasileño Vinicius de Moraes para recordar lo siguiente:.”
“.. la mayor soledad es la del ser que no ama. La mayor soledad es la del ser que se ausenta, que se defiende, que se cierra, que se rehusa a participar de la vida humana. La mayor soledad es la del hombre encerrado en sí mismo, en el absoluto de sí, y que no da a quien pide lo que puede dar de amor, de amistad, de socorro.
El mayor solitario es el que tiene miedo de amar, el que tiene miedo de herir y de herirse, el ser casto de mujer, de amigo, de pueblo, de mundo. Ese se quema como una lámpara triste, cuyo reflejo entristece también todo en torno. El es la angustia del mundo que lo refleja. Él es quien se rehusa a las verdaderas fuentes de la emoción, las que son patrimonio de todos y, encerrado en su duro privilegio, siembra piedras dsde lo alto de su fría y desolada torre.”

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