Hay gente que llega hasta el alma

aguatero

Algún día estuvimos de acuerdo en que una de las cosas que podriamos desmitificar seria el amor, la pareja, el sexo; poner todo en el lugar que ocupa para nosotros, sin tantas ideas preconcebidas ni mandatos, un poco más leve, más real.
Creo que en un primer momento esta posición fue inquietante, pero no dudo de que luego llego a ser muy relajante. El amor romántico murió ?
Tendríamos que determinar de qué hablamos hoy cuando hablamos del amor. Creo que es una pregunta muy fuerte para la que aun hay nucho que averiguar.
Tu dices: Amor es que alguien me importe. ‘Si alguien me importa quiere decir que lo quiero y si ya no me importa será que no lo quiero más’.
Sin embargo, yo pienso que el amor sigue incluyendo una sensación física, no sé cómo definirlo. Me pasa con todas las personas que quiero. En los momentos de más intensidad es como si se me abriera el pecho, en lo cotidiano, como un bienestar físico. Me pasa con amigos, con mi familia, con mi hija y hasta con algunos companeros de trabajo. Me alegra verlos o hablar con ellos. Pero no me pasa con todos, con algunos sucede y con otros no.
Por supuesto que no es contradictorio con lo que tu dices: esa gente me importa; pero para mí hay más.
Hay gente que me llega hasta el alma.
Cuando me separo de mi familia, cuando viajo fuera de la ciudad y estoy lejos de mi hija, siento como un dolor en el pecho, que no sucede cuando me alejo de otras personas.
No me gusta esta manera de definirlo, no es nada clara, pero por ahora no me sale otra.
Amar tiene que ver con la decisión de dejar entrar al otro, con bajar mis defensas con abandonar mi
desconfianza, con animarme a salir de mis ideas rígidas en su honor y ponerme en actitud de ver cómo es, cómo se mueve y cómo piensa, sin intentar que piense como yo o que haga lo que yo pienso; tiene que ver con no intentar forzarme a ser como yo creo que a esa persona le gustaría.
Creo que el amor es algo que va sucediendo. Pero para llegar a eso hay que atravesar los prejuicios que nos impiden el amor. Y uno de esos prejuicios es nuestra definición cultural de pareja.
¿Qué es una pareja? ¿Qué es lo que hace que dos personas sean una pareja? Tu siempre mencionastes el proyecto en común. Buscar un compinche, te acuerdas? Nunca se me hubiera ocurrido; yo pienso que son otras cosas, pero te escucho.

El gusto de estar juntos, ésta sería otra definición.
Obviamente, si solo estoy evaluando cuán lindo es, Cuánto dinero tiene o cuánto me quiere, eso me impedirá conectarme con lo que me pasa estando con esa persona.
Podría decir que desde el placer de estar con otro tomamos la decisión de compartir la mayoría de las cosas con esa persona, y esa es una decisión interna. Ni siquiera tiene que ver con quien uno vive, ni siquiera es voluntaria, más bien es algo que ocurre cuando nos sentimos unidos a otro de una manera diferente. Es un compromiso interno. Cuando estamos conectados con la presencia de ambos.

Presencia. ¿Qué es presencia?
Estar en el aquí y ahora es quizás la parte más importante de este desafío.
Es necesario aceptar sin falsas modestias que lo que hace al presente tan especial y tan diferente del pasado y del futuro es, sin lugar a dudas, mi presencia. Esto está ocurriendo verdaderamente, está disponible y yo lo estoy viviendo.
Estar en el aquí y ahora, el continuo del darse cuenta (como lo llamaba Fritz Peris) es una técnica, un método, e incorporarlo es como aprender a andar en bicicleta; al principio necesitas las rueditas para no caerte, necesitas estar pendiente del equilibrio y es bien difícil. Pero con la práctica llegamos al punto de automatizar y empieza a suceder inexplicablemente el fluir en el andar sin tener que ocupar tu mente en mantener el equilibrio.
En nuestra propuesta este fluir es la presencia.

¿Cómo estar presentes en los lugares en los que no quisiéramos estar presentes? ¿Cómo estar presentes en los lugares de donde lo único que queremos es huir?
Esos lugares que detestamos son los lugares donde nunca aprendimos a estar, situaciones en las que nadie nos enseñó a estar y antes bien aprendimos a huir de ellos.
Tenemos que desarrollar la capacidad de estar allí nuevamente. Nos imaginamos que es imposible estar en lugares dolorosos y en consecuencia creemos que la única salida es reaccionar: meterse para adentro, atacar, culpar, escapar.

Después de haber vivido muchos años en esta actitud, esos lugares quedaron abandonados. A causa de este vacío de presencia, quedó internamente una especie de agujero negro, hay un pedazo que falta.
Las historias que nos contamos parten de la idea de que si nos metemos en nuestra pena, nunca vamos a salir de ella; si nos entregamos a nuestra tristeza, vamos a quedar atrapados allí. Es peligroso volver a ese lugar, lo imaginamos cubierto de oscuridad, cuando en realidad lo único que hay allí es falta de presencia. Por eso tenemos que aprender la manera de estar presentes en aquel lugar, porque allí es donde vamos a curarnos a nosotros mismos.
Si podemos estar presentes en ese dolor, donde nunca habíamos estado, comenzaremos a encontrar nuestra fuerza.
Y entonces, otra vez, en el encuentro con nosotros mismos, el encuentro con el otro se hace posible.
Estamos los dos presentes. Y de esto se trata.

Y ese es uno de los problemas de nuestra actitud desmistificadora. Y es que atenta contra toda la tradición cultural basada en que con el casamiento se resuelve todo. Todas las historias de amor terminan con un final feliz: “Se casaron, fueron felices y comieron perdices” (?). Despertemos a los distraídos: La pareja no es eso.

La pareja es un camino nuevo, un desafío. Con ella nada termina, al contrario, todo comienza. Salvo una cosa: la fantasía de una vida ideal sin problemas. Es duro tener que dejar de lado nuestras fantasías sobre lo que podría ser. Es una renuncia importante. Esa pareja ideal con la que soñé desde que era un niño muere con el matrimonio y es un gran dolor. Ciertamente cuando me doy cuenta de que no es así, empiezo a odiar al culpable.

Es necesario aprender que soy yo el que tiene que resolver su propia vida: Qué me gusta. Cómo voy a mantenerme. Cómo quiero divertirme. Cuál es el sentido que le quiero dar a mi vida.
Todas estas cuestiones esenciales son personales, nadie puede resolverlas por mí. Lo que puedo esperar de una pareja es un compañero en mi ruta, en la vida, alguien que me nutra y a su vez se nutra con mi presencia.
Pero sobre todo alguien que no interfiera en mi camino de vida. Esto es bastante.

La peor de nuestras creencias aprendidas y repetidas de padres a hijos es que se supone que vamos en
búsqueda de nuestra otra mitad. ¿Por qué no intentar encontrar un otro entero en vez de conformarse con uno por la mitad?
El amor que proponemos se construye entre seres enteros encontrándose, no entre dos mitades que se
necesitan para sentirse completos. Cuando necesito del otro para subsistir, la relación se hace dependendiente. Y en dependencia no se puede elegir. Y sin elección no hay libertad. Y sin libertad no hay amor verdadero. Y sin amor verdadero podrá haber matrimonios, pero no habrá parejas.

Y por fin, al final llego el final, llegó la hora de conocernos. Durante estos años hemos estado tan cerca y tan en contacto, y sin embargo sabiendo verdaderamente tan poco el uno del otro.

El único objetivo de esta carta, mi querida amiga, es agradecerte. Te aseguro que no hay ironía en esta frase. Te aseguro que jamás, te repito, jamás, hubiera vivido una experiencia tan atractiva y atrapante como la que planteó tu presencia en mi vida.

Y para concluir eligo este cuento que no sé quién lo escribió, ni quiénes lo hicieron circular por Internet, pero me lo hicieron llegar hace unos dias:

“Había una vez en un pueblito muy pequeño un hombre que trabaja de aguatero. En aquel entonces el agua no salía de los grifos, estaba en el fondo de profundos pozos o en el caudal de los ríos. Si no cabían pozos excavados cerca del pueblo, el que no quería ir a buscar el agua personalmente debía comprar a uno de los aguateros que con grandes tinajas iban y volvían al pueblo con el preciado líquido.
El puedo era pequeño y no tenía pozos. El hombre era el único aguatero del lugar. Desde el amanecer y hasta que el sol caía, el protagonista de este cuento cargaba con dos grandes tinajas de barro que colgaban de una vara de madera sobre sus hombros. Tinajas vacías camino al río, tinajas llenas camino al pueblo. Así seis o siete veces por día.
Una mañana, una de las tinajas se agrietó y empezó a perder agua por el camino. Al llegar a pueblo los
compradores le pagaron las acostumbradas diez monadas por la tinaja de la derecha pero sólo cinco por el contenido de la otra que apenas estaban por la mitad.
Comprar una tinaja nueva era demasiado costoso para el aguatero, así que decidió que debía apurar el paso para compensar la diferencia de dinero que reciba.
Durante dos años el hombre siguió yendo y viniendo a paso firme trayendo agua al pueblo y recibiendo sus quince monedas en pago por una tinaja y media de agua.
Una noche lo despertó un chistido en su habitación:
– Chssst.., chsssst…
– ¿Quién anda ah? -pregunto el hombre.
– Soy yo -dijo la voz, que salía de la tinaja agrietada.
– ¿Por qué me despiertas a esta hora?
– Supongo que si te hablara de día y a plena luz, el susto impediría que me escucharas. Y necesito que me escuches.
– ¿Qué quieres?
– Quiero pedirte que me perdones. No fue mi culpa la grieta por donde el agua se escurre, pero se lo mucho que te he perjudicado. Cada día cuando cansado llegas al pueblo y recibes por mi contenido la mitad de lo que recibes por mi hermana me dan ganas de llorar. Yo se que debiste cambiarme por una tinaja nueva y desecharme, y sin embargo me has mantenido a tu lado. Quiero agradecerte eso y pedirte una vez más que me disculpes.
– Es gracioso que tú me pidas esculpas -dijo el aguatero-. Mañana bien temprano saldremos juntos tu y yo. Hay algo que quiero mostrarte.

El aguatero siguió durmiendo hasta el alba. Cuando el sol se asomó en el horizonte tomó la vasija agrietada y se fue con ella al río.
– Mira -le dijo al llegar, señalando la ciudad-, ¿que ves?
– La ciudad – dijo la vasija.
– ¿Y qué más? -preguntó el hombre
– No sé… el camino -contestó la vasija
– Eso. Mira a los lados del sendero, ¿que ves?
– Veo la tierra seca y el ripio del lado derecho del camino y los canteros de flores del lado izquierdo -dijo la vasija que no entendía que le quería mostrar su dueño.
– Muchos años recorrí este camino triste y solitario llevando el agua hasta el pueblo y recibiendo igual cantidad de monedas por ambas tinajas… Pero un día noté que te habías agrietado y que perdías agua.
Yo no podía cambiarte, así que tomé una decisión: Compre semillas de flores de todos los colores y las sembré a ambos lados del camino. En cada viaje que hacía, el agua que derramabas regaba el lado izquierdo del sendero y consiguió en estos dos años hacer esta diferencia -el aguatero hizo una pausa y acariciando su leal vasija le dijo todavía
– ¿Y tú me pides disculpas? ¿Qué importan algunas monedas menos si gracias a ti y tu grieta los colores de las flores me alegran el camino? Soy yo quien debe agradecerte tu defecto
.

Ojalá seas capaz, yo creo que si lo eres, de entender el sentido de haber elegido este cuento para regalarte.

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Author: Carlitos Way BLOG

El tiempo... Traicionero amigo... Quizás nos permite ver todo más claro, tal vez nos permita calmarnos un poco y seguramente también hará que perdamos la oportunidad y lo perdamos todo...

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