“More than a Feeling”, la historia detras de la cancion. ( JT/W.Gorgot)

Boston

A veces, las historias con millones de dólares, demandas judiciales y suicidios empiezan de manera asombrosamente sencilla. Un buen día, un desconocido ingeniero de veintiocho años que trabajaba para la Polaroid grabó un puñado de canciones en el sótano de su casa. Unos meses después, aquello se convirtió en el álbum de debut más exitoso de todos los tiempos (hasta que fue superado una década más tarde por el Appetite for destruction de Guns N’Roses). El súbito salto desde el anonimato a vender más de diecisiete millones de discos se produjo gracias a una canción: More than a feeeling, que algunos consideramos una de las mejores grabaciones del siglo XX. De repente, un grupo —hasta entonces virtualmente inexistente— llamado Boston estaba en las bocas de todo el mundo.
La abrumadora explosión comercial de aquellos desconocidos tenía detrás una curiosa historia, porque la entrada de Boston en la industria musical no se pareció en nada a la típica evolución de una banda que comienza ensayando en un garaje y pateando los escenarios durante un tiempo antes de alcanzar el estrellato. Para cuando empezaron a vender a millones, Boston ni siquiera existían como un verdadero grupo —no tenían una formación completa ni tampoco tocaban en directo— y se parecían más al juguete del brillante, perfeccionista y maniático Tom Scholz, la mente que estaba detrás de Boston. Scholz, ingeniero en una gran empresa fotográfica, se pasaba horas y horas encerrado en el sótano de su casa grabando y retocando pista tras pista sin saber que de repente una de aquellas canciones iban a sacudir la industria musical.
Scholz siempre fue un individuo anómalo dentro de esa misma industria. Hasta que no comprobó que estaba vendiendo millones de discos no abandonó su trabajo habitual en los laboratorios de Polaroid. Después su actitud cambió poco: seguía pasando horas y horas encerrado en un estudio, produciendo canciones con una tardanza exasperante. De hecho, su lentitud a la hora de publicar nuevo material se hizo legendaria: pese al enorme éxito que tenía cada uno de los trabajos de Boston, únicamente han publicado cinco álbumes en más de treinta años de carrera, convirtiéndolos en la banda consagrada y de larga vida con más escasa producción de todos los tiempos. Un disco de Boston llegó a ser como un cometa o como las naves espaciales que adornaban sus carpetas: una rareza, una anomalía que únicamente cruzaba los cielos de tarde en tarde.
A finales de los sesenta, mientras estaba estudiando, conoció a varios tipos con los que formó una banda; entre ellos estaba ya el cantante y guitarrista rítmico Brad Delp, que con los años se convertiría en la otra cara reconocible de los megaexitosos Boston. En un principio, el papel de Scholz en aquel grupo se limitaba ejercer como teclista, pero dada su facilidad para componer nueva música y para aprender a tocar otros instrumentos no tardó en convertirse en el líder. Pronto, sus compañeros comprobarían hasta qué punto llegaba su perfeccionismo obsesivo y su afán de controlarlo todo.
Scholz usó sus conocimientos como ingeniero y su inagotable curiosidad tecnológica para construir un estudio casero en el sótano de su vivienda. Allí grababa una canción tras otra con ayuda de sus compañeros; pasaba prácticamente todo su tiempo libre encerrado allí, intentando conseguir que sus grabaciones sonasen cada vez mejor.
En muchas ocasiones enviaron a las discográficas aquellas maquetas que grababan en el sótano de Scholz, pero fueron rechazadas o ignoradas una y otra vez. Sin embargo, la obsesiva dedicación de Tom Scholz no decaía. Después de cinco años refinando lo que grababa en aquel estudio, sus resultados eran cada vez más llamativos. Lo mejor que llegó a hacer —la verdadera “niña de sus ojos”— era More than a feeling, una canción a la que llevaba años dando vueltas. La letra del tema hablaba de los viejos clásicos que podían escucharse en la radio, que producían una profunda emoción, pero lo realmente importante era la música: Scholz estaba convencido de que aquella canción tenía algo especial y había pasado mucho tiempo intentando perfeccionarla al máximo: quitando un pedazo de aquí, añadiendo un compás allá, retocando las guitarras… su dedicación monomaníaca a pulir aquel diamante en bruto no tenía más premio que su propia satisfacción anónima, pero Scholz era consciente de que aquella era su mejor canción y estaba decidido a redondearla de cualquier forma posible. Sin embargo, a sus casi veintiocho años ni siquiera se planteaba la remota posibilidad de abandonar su cómodo empleo en la Polaroid e intentar una existencia como músico profesional.
La canción era tan aplastantemente buena que era cuestión de tiempo que alguien terminase prestando atención. Dos cazadores de talentos de Epic Records escucharon la última maqueta de Scholz y captaron el posible potencial comercial de aquellas canciones, muy especialmente de More than a feeling (aunque ni ellos, claro, podían sospechar hasta qué punto podría llegar la histeria en torno al tema). Así que hicieron una oferta a Tom Scholz y Brad Delp —el cantante era el único que aportaba algo a un material casi exclusivamente escrito por Scholz—, firmarían un contrato para grabar y publicar un primer disco.
Sin embargo, para el peculiar Tom Scholz, un geek de la ingeniería acostumbrado a hacer las cosas a su manera tranquilamente encerrado en su casa, el asunto de fichar por una discográfica supuso un inesperado trastorno. Primero porque —antes de firmar— el grupo tenía que tocar en vivo ante los ejecutivos de la discográfica, quienes querían comprobar si tenían la suficiente calidad en directo como para embarcarse en una gira. ¿El problema? Que no existía una banda como tal, sino que todo había sido grabado a retales en su estudio casero. Así que Scholz y Delp tuvieron recurrir a algunos de sus antiguos colegas y formar a toda prisa una nueva banda que interpretase aquellas canciones sobre un escenario. Así, Boston —aún no se llamaban así, pero tomarían ese nombre por sugerencia de la discográfica— actuaron por primera vez en directo y pudieron firmar con Epic Records. Con todo, Tom Scholz ni se planteaba abandonar su puesto de trabajo en Polaroid.

John Boylan, el productor de Epic Records que más creía en el potencial de aquellas canciones y especialmente en el de More than a feeling había escuchado el trabajo de Scholz y sabía que éste podía realizar arreglos de buena calidad en su sótano, pero Epic Records quería al grupo en el estudio. Ninguna de las dos partes iba a ceder y aquello ponía en peligro la grabación del álbum, así que finalmente Boylan optó por engañar a la discográfica para la que trabajaba. Envió a todos los miembros de Boston —excepto Scholz— al estudio de Epic Records para interpretar lo que se suponía iba “a terminar en el disco”. Mientras tanto, Scholz seguía en el sótano de su casa, grabando las auténticas pistas instrumentales del disco en solitario (excepto las baterías y algunos otros fragmentos que completaron sus compañeros, casi toda la instrumentación la grabó él mismo). Así, en Epic creían que el debut de Boston se estaba registrando en un estudio profesional, cuando en realidad toda la base instrumental del disco se estaba elaborando en un sótano.
Eso sí, ninguno de los implicados había imaginado lo que iba a suceder después. Aunque Epic Records tenía ciertas esperanzas en el potencial comercial del sonido de Boston y pensaban que More than a feeling era un single con gancho, no suponían lo que se avecinaba. De hecho, ni siquiera con la publicación del disco se planteó Scholz dejar de trabajar en Polaroid. Atenazado por la inseguridad, seguía reticente a la idea de renunciar a su empleo para seguir una carrera profesional en la música.
Pero tuvo que replantearse las cosas cuando en cuestión de semanas los acontecimientos se precipitaron. En Epic todos tenían claro que More than a feeling era la canción a promocionar (de hecho, al menos en mi opinión, sigue siendo el mejor tema en la carrera del grupo). Destacaba por encima del resto del disco y el single fue enviado a las principales emisoras del país. La canción cautivó a todos los pinchadiscos, que comenzaron a emitirla sin descanso. ¡Aquella era una canción perfecta para la radio! Poco importó que nadie hubiese escuchado hablar de aquellos desconocidos Boston: en cuanto los oyentes escuchaban el tema, corrían a las tiendas a por un ejemplar del disco. El álbum de debut, llamado sencillamente Boston, empezó a vender decenas de miles de copias ya en la misma semana en que fue colocado sobre los expositores de las tiendas. Impulsado por More than a feeling, aquella poderosísima canción que estaba empezando a arrasar por todo el país, el álbum se disparó: en poco más de quince días ya había vendió medio millón de ejemplares. Después, la demanda siguió creciendo y tardó mucho tiempo en desvanecerse: un millón, dos millones, tres millones… el debut de Boston, grabado en su mayor parte en casa de Tom Scholz, aguantó en las listas de ventas durante nada menos que dos años, sobrepasando finalmente los diecisiete millones ejemplares vendidos.
Scholz no tuvo más remedio que admitir que ya nunca iba a necesitar trabajar para ganarse la vida. Ya no tenía sentido aferrarse a su oscuro trabajo en Polaroid; ahora podía dedicarse completamente a la música. Se volcó de lleno en la composición y grabación de un segundo disco para Epic Records, aunque su acostumbrado perfeccionismo empezó a chocar con los usos imperantes en la industria. Scholz trabajaba mucho y sin descanso, pero rara vez daba por terminada una canción. Les daba vueltas y más vueltas a los temas: era lo que había funcionado con More than a feeling, la cual únicamente alcanzó el estatus de perfección después de muchos esfuerzos. Tom Scholz seguía trabajando en la misma tónica, pero obviamente la discográfica tenía bastante más prisa, ansiosa por aprovechar el tirón comercial del primer disco y publicar la segunda entrega cuanto antes. Después de dos años preparando el segundo disco, Scholz todavía no tenía suficientes canciones que pasaran su particular control de calidad… pero tuvo que ceder ante la compañía y editar lo que tenía grabado porque en Epic Records ya veían que su nuevo geniecillo, obsesionado en pulir cada detalle, iba a tenerlos esperando como mínimo uno o dos años más.
Así pues, en 1978, mientras el debut Boston todavía vendía a un ritmo aceptable y More than a feeling seguía sonando en muchas radios (de hecho jamás ha dejado de hacerlo), el grupo editó su segundo álbum, Don’t look back. El estilo era el mismo, combinando melodías pegajosas con una base instrumental hard rock. Una vez más el éxito fue abrumador gracias al single principal —titulado Don’t look back, menos dramático e impactante que More than a feeling pero también diseñado para las radios— y el nuevo álbum saltó directamente a la primera posición de las listas, desbancando a la banda sonora de Grease. El segundo disco de Boston vendió siete millones de ejemplares: estaban en racha. Cuatro años atrás, cuando Tom Scholz pasaba sus ratos muertos en el sótano de su casa al llegar de su trabajo en Polaroid, ni siquiera podría haber concebido que llegaría a vender discos al nivel de los grandes pesos pesados de la industria: Pink Floyd, Led Zeppelin, Eagles, superando a nombres en boga entre la juventud estadounidense, los grupos más cool del momento, como Aerosmith o Van Halen.
Pero con el monumental éxito llegaron monumentales problemas. Como sucede no pocas veces en estos casos, apareció un antiguo manager aireando un antiguo contrato con el que pretendía apropiarse de su parte del jugosísimo pastel de Boston. Tom Scholz decidió hacer un paréntesis en el grupo para ocuparse del asunto en los tribunales. Aquello retrasó todavía más su ritmo de producción, que ya era lento de por sí. Tras la publicación de Don’t look back empezó a pasar el tiempo: un año, dos años, tres años… y Scholz seguía sin tener material suficiente para un tercer disco. La compañía Epic empezaba a perder nuevamente la paciencia.
Pero Scholz no se daba por aludido: estaba muy descontento con algunas de las canciones de Don’t look back, un disco que en su opinión había sido editado demasiado rápidamente, antes de que todos los temas alcanzasen la redondez que él deseaba. De hecho, para Don’t look bac Epic le había obligado a terminar el disco en un plazo razonable, pero aquello de “plazo razonable” era un concepto que Tom Scholz apenas podía entender. Así que cuando en 1983 seguía sin haber nuevo disco de Boston a la vista, la CBS —dueña de Epic Records— decidió demandar judicialmente al grupo, pidiendo una indemnización millonaria para compensar su manifiesta incapacidad de completar un álbum a tiempo. La batalla judicial se prolongó durante varios años. Entretanto, Scholz y Brad Delp decidieron firmar por otra discográfica, MCA.
Durante aquel periodo de peleas legales, Tom Scholz aprovechó para seguir practicando la ingeniería aplicada a la música. Utilizando el conocimiento técnico que había adquirido después de pasar años fabricando su propio estudio casero, e invirtiendo una parte de la fortuna que había ganado con sus dos primeros discos, fundó una empresa dedicada a diseñar nuevos accesorios de sonido. La cual tuvo mucho éxito, gracias especialmente a una etapa de amplificación de guitarra diseñada por él mismo —el amplificador Rockman— que combinaba las necesidades de un guitarrista con la sabiduría técnica de un ingeniero.
En la nueva discográfica MCA, Scholz se aseguró de poder hacer discos a su manera. Reunió el material que ya tenía acumulado, trabajó en canciones nuevas y finalmente publicó el tercer disco de Boston, Third stage, en 1986. Esto es: ¡habían pasado ocho años desde su anterior trabajo! Cuando Third stage salió al mercado, mucha gente ya no tenía claro si Boston iban volver a publicar alguna vez. Sin embargo, pese al tiempo transcurrido, la gente no los había olvidado. Impulsado por otro single altamente “radio friendly” —Amanda, cuyo sonido suave y melódico aún encajaba de maravilla en la América de los ochenta—, el álbum saltó directamente al número 1 de las listas estadounidenses desplazando al Slippery when wet de Bon Jovi. El sonido de Third stage era el de siempre: Scholz seguía fiel a su costumbre de no incluir sintetizadores —entonces tan de moda—y seguía limitándose a las guitarras, bajos y baterías de un grupo de hard rock.
Tres discos, tres grandes éxitos. Tras una década de andadura, Tom scholz era como un rey Midas de la música. Todo le iba bien. Además, llegaba una buena noticia: los tribunales dieron la razón a Boston frente a la demanda de Epic Records, con lo que los miembros del grupo se ahorraron tener que pagar a la discográfica la indemnización que esta reclamaba (¡más de cincuenta millones de dólares!). Parecía que Boston habían vuelto a ponerse en marcha y se habían liberado de todos los problemas. Quizá esta vez tardarían menos en publicar el esperado cuarto disco.
Pero no. Aunque Tom Scholz empezó a componer material para ese nuevo álbum casi de inmediato, se produjo un suceso inesperado volvió a estancar su proceso creativo: Brad Delp, el vocalista, anunció que se marchaba. Aquel era un duro golpe para el perfeccionista Scholz. El sonido de Boston era muy distintivo, y Delp era la voz de Boston, la que todo el mundo asociada con More than a feeling. Una voz reconocible, característica, inimitable… además tenía el carisma que a Scholz le faltaba. ¿Cómo sustituir a alguien así? Aquello volvió a retrasar el nuevo disco de Boston. La decisión de Brad Delp sorprendió a muchos, aunque por entonces la gente no sospechaba todavía que Delp se sentía muy a disgusto con la actitud autoritaria de Scholz. Se sentía depredado, casi estafado, por el líder de Boston. Pero Delp era un tipo dócil y amable, no era la clase de individuo capaz de iniciar una confrontación. Cuando no pudo aguantar más, decidió sencillamente irse.
A principios de los noventa, pese a lo poco que se habían prodigado en estudio, la popularidad de Boston no se había esfumado del todo. Ni siquiera con la llegada del grunge: mucha gente hizo notar el parecido entre el riff principal del nuevo tema de moda, Smells like teen spirit, y el de More than a feeling. Algunos incluso llegaron a acusar a Nirvana de plagio, lo que ponía nuevamente a Boston en boca de mucha gente. Pero la marcha de Delp había supuesto otro tropezón en la exitosa pero farragosa carrera discográfica del grupo. Scholz buscó a otro cantante, Fran Cosmo —bastante menos carismático y con una voz mucho más convencional que la de Brad Delp— para trabajar en el cuarto disco de la banda. Después del impacto comercial de sus tres discos anteriores, el perfeccionismo obsesivo de Scholz se había disparado: tenía que garantizarse el éxito, no podía permitirse que un álbum de Boston pasara desapercibido. Obviamente ya no necesitaba el éxito en lo económico, ya que tenía suficiente dinero como para no depender nunca más de las ventas. Pero se trataba más bien de una cuestión de ego. En 1994 se publicó finalmente el cuarto álbum de Boston, titulado Walk on. Habían vuelto a transcurrir otros ocho años desde el álbum anterior. Eso sí, Scholz pudo respirar tranquilo: aunque esta vez no saltó directamente al nº1, el disco vendió muy bien por más que el sonido AOR (“rock orientado a adultos”) de bandas como Boston estuviese oficialmente pasado de moda.
Una vez más, Scholz se encerró en el estudio y se tiró otros ocho años para preparar un nuevo álbum. Pero esta vez pudo volver a contar con Brad Delp, quien había regresar, probablemente porque militar en Boston era —con mucho— la actividad más rentable a la que podía dedicarse. Así que cuando en 2002 se publicó el que hasta ahora es el último disco en estudio de Boston, Corporate America, Delp volvía a ser el cantante principal, compartiendo tareas vocales con Fran Cosmo. Sin embargo, aquel fue el primer trabajo de Boston que no entró entre los cinco o diez primeros puestos de las listas de ventas. No fue exactamente un fracaso, pero su modesta repercusión en EEUU quedaba muy lejos del gran impacto comercial de los cuatro discos anteriores. Aquel fue el último álbum con material nuevo de Boston. Hoy, una década después, sigue sin aparecer nuevo disco.
Aunque la peor noticia relacionada con el grupo se produjo en 2007. La novia de Brad Delp encontró ante la puerta de su casa un papel avisando a quienes pudieran presentarse de que tuviesen cuidado al entrar, porque el lugar estaría lleno de humo y gas venenoso. Llamó a la policía y tras forzar la puerta hallaron a Delp muerto a causa del monóxido de carbono que había entrado en sus pulmones. Había dejado una nota de suicidio que decía “he perdido el deseo de vivir” y en la que se describía a sí mismo como “un alma solitaria”.
Tras el suicidio de Delp, muchos fans de Boston se sintieron desolados. Ya no podrían escuchar More than a feeling en la voz de su intérprete original. Pero hubo más: la trágica desaparición de Delp sirvió para airear los trapos sucios en el seno de Boston. Brad Delp era conocido por su carácter afable y cortés. Nunca tenía una mala palabra para nadie, pero tampoco había sido capaz de hacerle frente al guitarrista y líder de Boston. Llevaba un tiempo deprimido y se había quejado en su círculo íntimo sobre lo mucho que le agobiaba la actitud depredadora y dictatorial de Tom Scholz, de que sentía que Scholz se había aprovechado de él y que los negocios en Boston no estaban nada claros. Un amigo de Delp afirmó que la única palabra malsonante que le había escuchado pronunciar en toda su vida había sido empleada para referirse precisamente a Tom Scholz. Aparecieron en escena algunos antiguos miembros del grupo, quienes aseguraban que Delp no confiaba en Scholz y que sentía un profundo desagrado hacia él, pero que dada su personalidad bondadosa nunca había podido dar el paso de plantarle cara. Uno de ellos llegó a decir que Delp había confesado que “envidiaba” la capacidad de otros antiguos miembros para enfrentarse a Scholz y exigir lo que creían que les correspondía, algo que el propio Brad Delp anhelaba hacer pero no sabía cómo. Un periódico, el Boston Herald, resumió todo esto en un artículo que insinuaba que el estrés laboral había jugado un importante papel en el suicidio de Delp, y evidentemente se culpaba a Scholz de ese estrés laboral. Tom Scholz respondió llevando al periódico (y a la novia del difunto Delp) ante los tribunales, pero su demanda fue desestimada cuando se comprobó que, efectivamente, Brad Delp había sido diagnosticado poco antes de su suicidio de una ansiedad creciente relacionada con su incapacidad para resolver las injusticias en aquel gran negocio llamado Boston. Lo que muchos años atrás había comenzado como una amistad estudiantil, había terminado en muy agrios términos y Delp había sido la víctima.
Mientras se disipaba la tormenta, Tom Scholz fichó a un nuevo cantante, Tommy DeCarlo, para preparar un nuevo disco que supuestamente contendría las últimas pistas vocales que Brad Delp dejó grabadas en su vida (aunque, fiel a la costumbre, han pasado los años y Tom Scholz continúa sin terminar ese nuevo disco). Pero continuaron las polémicas, cuando el candidato presidencial del Partido Republicano, Mike Huckabee, usó More than a feeling como canción de su campaña electoral. Scholz publicó una airada carta donde exigía que Huckabee dejase de usar su canción, diciendo que el Partido Republicano era “todo lo contrario a lo que Boston representa”. De hecho, el disco Corporate America había sido el primero en contener letras políticas, en las que Scholz criticaba abiertamente el poder de las grandes corporaciones estadounidenses. También se había decantado públicamente por el Partido Demócrata.
En resumen: cinco discos en treinta años de carrera. Un sexto disco con el último material de Brad Delp que, después de una década, continúa sin aparecer en el mercado. Y sobre todo una ristra de muy lamentables sucesos relacionados con el trágico suicidio de Brad Delp… así terminaba la asociación creativa entre los dos hombres que dieron vida a More than a feeling, la canción que los convirtió en estrellas. A menudo, las tensiones y dramas que pueda haber entre bastidores quedan ocultos del gran público. Pocos sospecharon lo que había detrás al escuchar un tema que —irónicamente— describía los sentimientos profundos que se despiertan al escuchar viejas canciones en la radio. Hoy en día, la propia More than a feeling se ha convertido en una de esas canciones de las que ella misma hablaba, por más que los últimos acontecimientos hayan ensombrecido su historia. Sabemos que Brad Delp no volverá a interpretarla jamás, y quedará un considerablemente regusto amargo siempre que Tom Scholz la interprete con otro vocalista. Pero al menos nos quedará la grabación original. La canción que diecisiete millones de personas quisieron llevarse a sus casas en cuanto fue publicada no ha perdido un ápice de su poder con el paso de los años.

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Author: Carlitos Way BLOG

El tiempo... Traicionero amigo... Quizás nos permite ver todo más claro, tal vez nos permita calmarnos un poco y seguramente también hará que perdamos la oportunidad y lo perdamos todo...

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