El suicidio como hábito. ( JT. J. Bustos )

Los viejos hábitos tardan en morir, cantaba Jagger. Uno de los hábitos más viejos, a qué negarlo, es el de vivir, y de ahí que César González-Ruano consignara en su Diario íntimo —ese cuya última entrada, previa a la luz del túnel de la expiración, decía: “El terror es blanco. La soledad es blanca”— que morir no es otra cosa que ir perdiendo la costumbre de vivir. Pero entonces, ¿qué es el suicidio? ¿Cabe considerar la obstrucción del metro, el empacho de barbitúrico o el mordisco al frío cañón algo más que una manera drástica de combatir la rutina?
Para Camus, el suicidio es el primer problema de la filosofía. También lo era para Viktor Frankl, que empezaba sus terapias con otros reclusos de Auschwitz preguntándoles por qué no se quitaban la vida de una vez, qué promesa justificaba tan penosa resistencia? Y a partir de algún íntimo e incólume nudo vital que ellos le confesaban —el amor, una vocación artística, alguna forma futura de revancha política—, sistematizó un modelo psiquiátrico para reconstruir voluntades de vivir averiadas.
Hoy el suicidio es la primera causa de muerte violenta en muchos países. No entonaremos aquí la jeremiada mojigata de la pérdida de los valores o aquella otra quincemista más sonrojante de la sociedad opresoar que tira a los desahuciados por las ventanas. El suicida, a no ser que deje nota detallada, tiene derecho al misterio filosófico de su autodestrucción y vamos a hacer el favor de respetárselo. Nunca nos abandona del todo, sin embargo, una malsana curiosidad por el asunto, y agradecemos a numerosos y egregios escritores que acudan en nuestra ayuda a la hora de elucidar la naturaleza y el desarrollo de la pulsión autodestructiva humana, tan jugosa para la historia del arte. La obra más impresionante que uno ha leído últimamente sobre ese “círculo de soledad armado de púas internas” pertenece, congruentemente, a un suicida francés, escritor morboso, fascista atrabiliario, lector enfermizo de Nietzsche y Baudelaire que atendía por Pierre Drieu La Rochelle y que escribió El fuego fatuo en 1931 “de un solo tirón para librarme de un peso, siguiendo el camino por el que había pasado el hombre con su carga, que era también la mía”.
Todo escritor se encarna en sus trasuntos narrativos pero lo hace normalmente repartiéndose en pedazos; no se da de una vez a un solo personaje devorador con quien para colmo acaba compartiendo el más trágico de los destinos. Ahora bien, Alain, el hombre de la carga fatal en la novela, dista mucho de los sobrevalorados iconos trágicos de la cultura pop, drogadictos o sifilíticos o sencillamente amantes de las armas a los que tendemos —sobre todo los jóvenes— a conceder admiraciones inmerecidas desoyendo la irrefutable constatación de Kiko Veneno: “Detesto la cocaína, que tanto ha dañado a la música. Te fastidia las cuerdas vocales; te convence de que lo trivial es genial”.
Nada, ni una línea es trivial en la apretada novelita de Drieu La Rochelle, que recorre el tormento y el éxtasis de la droga con exigencia pericial y calado existencialista, con un estilo seco y elíptico, de una poética sobriedad que evoca a una mezcla de Céline y el propio autor de El extranjero. Es literatura seria, de la que pone una pena en observación y diagnostica que no hay salida y asume el sinsentido sin consuelo, sin conceder al lector ni un solo momento de felicidad. En su asfixia recuerda algo a El corazón de las tinieblas, pero al lector contemporáneo le toca más lejos la atmósfera colonial del río Congo que un bar de París donde se pincha un heroinómano asiduo a los salones de la más pudiente y amoral aristocracia, germen del actual pijoprogre o bo-bo francés (bourgeois-bohème). Hay que olvidarse de las letras lisérgicas, del colocón glamouroso, la poesía balbuciente del colgado que se cree Morrison a tiempo completo.
El fuego fatuo es un infierno minucioso, un declive lineal y constante, un ahogo sucio serenamente retransmitido hasta el final. Ahora bien: la naturaleza de este clima narrativo estercolizado es estrictamente espiritual; no hay en el texto una sola escena escabrosa ni tacos en un diálogo, esto no es una esquina cutre de The Wire ni figuran botarates del Kronen. Esto es Francia: aquí la gente se mata filosofando, dandis y sabios con el éxito social y económico al alcance de la mano, pero igualmente sin redención posible. Lo cual es mucho más desalentador, porque no puedes echarle la culpa a la ineficiencia policial o a la educativa.
“‘Me mato porque no me habéis querido, porque yo no os he querido. Me mato porque nuestros lazos fueron flojos, para apretar nuestros lazos. Dejaré en vosotros una marca indeleble. Sé muy bien que se vive mejor muerto que vivo en la memoria de los amigos. No os acordabais de mí, pues bueno, ¡no me olvidaréis jamás!’
Levantó el brazo y se pinchó”.
Alain lo tiene todo para elegir vivir. Es tan atractivo que las mujeres lo mantienen aun cuando saben que él destinará las dádivas a comprar droga. Goza de protectoras amistades entre la élite social parisina, en cuyas mansiones siempre tiene un plato preparado, pero él prefiere vivir en una clínica de desintoxicación rodeado de personajes de un grotesco patetismo. Se escapa de la clínica para viajar al fin de la noche, no cree en el propio concepto de desintoxicación. Elige morir porque se juzga demasiado mediocre; su feroz exigencia del ideal le va apagando la costumbre de vivir, porque no se puede vivir sin empeñarse en algo. Alain es un diletante obsesionado con el dinero pero persuadido de la bajeza que entraña tener que trabajar para ganarlo. Alain es un paralítico de la voluntad y un bulímico de la inteligencia.
“El suicidio es el recurso de los hombres cuyos resortes ha corroído la herrumbre, la herrumbre de lo cotidiano. Nacieron para la acción; entonces, la acción se vuelve contra ellos, por carambola. El suicidio es un acto, el acto de los que no han podido llevar a cabo otros”.
En otro pasaje del libro, Drieu La Rochelle ahonda por boca de Alain en las causas de la fascinación moderna por el suicidio: el suicida contemporáneo es un nihilista, y el nihilista es aquel que no cree ya en la realidad ni en el deseo. El hombre cristiano cree en la naturaleza porque le presupone una trascendencia; el pagano cree también en ella porque es la fuente de su placer; ambos, pese a su antagonismo ideológico, comparten la premisa de lo real. El nihilista no alcanza siquiera esa premisa. Y si deja de actuar o se pregunta demasiado a menudo por qué hacerlo, solo puede suicidarse.
Pierre Drieu La Rochelle creía en la acción. Su búsqueda épica del heroísmo le llevó del comunismo primero al fascismo después. Participaba de la estética de otro escritor compatriota y correligionario de la camada de Céline: Henry de Montherlant, a quien citaba hacía poco en su blog Pedro Ampudia: “Es correcto, es saludable, sentir que mañana podemos o nos pueden matar. En las manos de la vida amenazada podemos encontrar un cuerno de la abundancia. Mirar, amar, poseer siempre como si fuese la última vez. ‘¡Más tarde!’ murmura la esperanza, que es la voluntad de los débiles. Pero no hay un más tarde y por ello se hacen las cosas. Hay un instante. ¡Que sea mío!” Tan febril disposición a la grandeza entraña, pese a la paradoja, una terrible fragilidad: a tono con la altura de la expectativa se cierne la amenaza permanente de un fracaso letal. Y así, Montherlant, que vivió durante los años de la ocupación nazi con una cápsula de cianuro colgada del cuello por temor a caer en desgracia a los ojos de la Gestapo —pese a sus conspicuas colaboraciones en la prensa fascista—, reconoció que había llegado el momento cuando notó que se estaba quedando completamente ciego. Un ciego no puede ser un hombre de acción, así que un día de septiembre de 1972 decidió tragarse una pastilla de cianuro al tiempo que se descerrajaba un tiro en la boca, para asegurar. Montherlant, como Mishima desde otra tradición, defendía la ética de la posesión radical de uno mismo frente a un mundo masificado y mecanicista, y prescribía el temple de carácter —“es preciso que las cosas exteriores lleguen enfriadas a nosotros, como si antes de alcanzarnos hubieran atravesado una vasta masa de agua”— frente al psicoanálisis, por lo que implica de reconocimiento de la propia debilidad. Y ciertamente esta ética la defendió hasta el final.
Drieu La Rochelle se quitó la vida mientras los aliados entraban en París. No había consagrado su vida a las más feroces rebeldías individuales para acabar siendo gobernado por una democracia.

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