Las Tres Preguntas

Esta historia es una historia que ha viajado en el tiempo y en el espacio y que según quien la cuente el protagonista es un sacerdote de una religión extraña, un rabino, un cura párroco; depende de quién cuente la historia así es el protagonista. Pero, de todas maneras, la historia siempre es la misma

Esta historia la protagoniza un sacerdote muy importante dentro de una comunidad, en algún lugar de medio oriente. El sacerdote en cuestión había sido invitado a una cena muy importante de gente muy pudiente, de gente muy influyente, en la casa de uno de los hombres más ricos de la ciudad. La noche era un noche terrible y tormentosa, pero, a pesar de esto, por supuesto, el sacerdote había comprometido su presencia; así que se subió a su carruaje y manejándolo él mismo empezó a dirigirse a la casa del señor que lo había invitado. A unos 200 metros antes de llegar a la casa donde iba a ser la cena, un rayo y un relámpago iluminó el cielo, el caballo se asustó del ruido y, entonces, se puso en dos patas, y el carruaje del pobre hombre se tumbó y el sacerdote cayó sobre la zanja que se estaba llena de lodo y de hojas sucias y de mugre y se ensució totalmente, desde la punta del pelo hasta la punta de los pies. Pero como estaba a 200 metros de la casa donde iba, pensó que no tenía sentido volver hasta su casa, sino que era mejor higiniezarse un poco donde llegaba; podría dar una explicación. Así que se acercó a la casa y golpeó la puerta y un mayordomo muy bien vestido, muy elegante, le abrió la puerta y cuando lo vio así, cuando lo vio mugriento como estaba, pensó que era realmente un mendigo.

El mayordomo, que tenía de verdad muy malas pulgas, le dijo “¿qué haces aquí? ¿No te das cuenta que esto es una comida para gente muy importante?” Y él dijo, “sí, bueno, justamente yo vengo por la comida”. “Mira, si vienes por las sobras, las sobras van a estar mañana; porque hoy todavía la comida no ha sucedido; así que cómo puedes pretenderlas hoy”. “No, bueno, podría, pero no vengo por las sobras”. “Ah! Claro! ¡No viene por las sobras! ¿qué quieres? ¿comer la comida de los señores? ¿Pero cómo te atreves miserable pordiosero? Mira, vete, inmediatamente y cuando vengas mañana, ven por la puerta de servicio que por esta puerta no entran los mendigos y los pordioseros sucios como tú”. “No, pero es el que el dueño…” “Mira, el dueño de la casa, si llega a verte aquí y no te vas, te aseguro que te va a soltar los perros, que es una cosa que le da bastante placer hacer cuando alguien se pone rebelde; así que ya mismo te das la vuelta y te vas”. “No, pero es que…” intentó decir el sacerdote y apareció el dueño de la casa.

El dueño de la casa preguntó “¿qué pasa?” Y el mayordomo le dijo, “este mendigo pordiosero, que le dije que tiene que venir por las sobras mañana y el insiste que quiere la comida hoy y yo le he dicho que se vaya y el no quiere, y yo le he dicho que si venías tú, te ibas a enojar”, dice “por supuesto que me voy a enojar, así que llama la guardia”. El sacerdote intentó explicar, vino el jefe de la guardia, y el dueño de casa le dijo: “guardia eche a este hombre de la casa y si no se quiere ir suéltenle a los perros para que lo echen”. No había nada más que le gustara al jefe de la guardia que soltarle los perros a cualquiera, con razón o sin razón; así que soltó los perros detrás del pobre sacerdote que chapoteando entre el césped salió corriendo del lugar y saltó a la cerca para que los perros no lo mordieran. Como pudo, rehizo su carruaje y se volvió a su casa.

Cuando llegó allí pensó si tenía que volver o no tenía que volver al lugar donde había sido invitado, y pensó que sí, que tenía que volver. Así que se enjuagó un poco la cara, y fue hasta su cuarto, abrió el ropero, y del ropero sacó una capa, una capa preciosa bordada en hilos de oro y de plata que le había regalado justamente el dueño de la casa donde estaba invitado. Así que sobre su propia ropa mugrienta se puso la capa y se subió al carruaje y otra vez fue hacia la casa donde había sido invitado. Esta vez llegó sin problemas, golpeó la puerta. El mismo mayordomo pulcro, igual que antes, abrió la puerta, y cuando vio al hombre con esa capa se dio cuenta de que era el invitado que faltaba y dijo, “¡ah! Excelencia, lo están esperando; pase por acá”. Y el sacerdote pasó. Vino el dueño de la casa y dijo “¡oh! Excelencia, lo estamos esperando; ¿algún problema?” “No, no, ningún problema”, dijo el sacerdote. “Están todos sentados en la mesa; si quiere podemos pasar, la comida está casi lista”. “Sí, claro”. Entonces, y todo el mundo se puso de pie cuando entro el sumo sacerdote y el dueño de la casa le ofreció el sillón de su derecha como correspondía al invitado especial y todo el mundo esperó que él se sentara para sentarse; y cuando él se sentó, todo el mundo se sentó y el dueño de casa le dijo “podemos pedir el primer plato”. “Sí”, dijo el sacerdote.

Entonces trajeron el primer plato que era una especie de cocido con patatas y con carne y con tomate. Y entonces, todo el mundo hizo silencio, nadie iba a empezar a comer antes de que el sacerdote empezara; y el sacerdote, en lugar de empezar a comer, alargó la mano, agarró la punta de la capa que tenía puesta y empezó a mojar la capa en la comida. La gente miraba, no entendía qué pasaba, se hizo un silencio terrible. El sacerdote dijo “¿qué pasa, mi amor?, mira qué linda la papita, mira el tomatito, mira la carnecita, ¡qué rica!, ¿No te gusta la comidita que te han hecho?” Todo el mundo pensó que el sacerdote se volvió loco. El dueño de casa se animó a preguntar; dice “¿qué pasa? ¿Hay algún problema?” “No, ya le dije que problema no hay ninguno, pero esta invitación a cenar no es para mí; es para la capa; porque cuando yo vine sin ella, hace un rato, me sacaron a patadas y me echaron con los perros”.

Todo currículo que cada uno tenga, todo lo que cada uno tiene en su apellido, en el banco, en la casa donde vive, el auto en el que viaja, la ropa que usa, el renombre y el prestigio del que goza es un disfraz; y lo cierto es que somos básicamente mucho más que el disfraz que llevamos; y no es que no sea importante todo esto que hemos conseguido y nos hemos ganado; sólo que a la hora de la verdad es más importante lo que somos esencialmente.

En un momento determinado de nuestras vidas, ¿De qué serviría que mostremos los títulos que tengamos y que dejemos que alguien diga: “¡oh, vendió!, ¡oh, premiaron!, ¡oh, tiene el título!, ¡oh, es médico!, ¿de qué serviría esto si todo lo que somos o hacemos hoy no sirve a nadie?”

Cada uno de nosotros es quien es, y es quien es en esencia; y esto quizás sea lo más importante para empezar a entender que hacemos en este mundo. Y para entender lo anterior tenemos que hacernos Las tres preguntas. Estas preguntas que acompañan a la humanidad desde hace miles y miles de años. Estas tres preguntas empiezan por la primera; y la primera es ¿quién soy?, la segunda es ¿dónde voy? y la tercera es ¿con quién? ¿Quién soy, dónde voy y con quién? Preguntas que no son nuevas y que cada uno de nosotros se ha hecho alguna vez en este contexto o en otro, casi yo diría con estas palabras o cualquier otras palabras. Todos nos hemos preguntado, quizá más de una vez, ¿quién soy verdaderamente?, ¿dónde estoy yendo?, ¿cuál es el rumbo que sigue mi vida?, ¿quién es quien me acompaña? En todo caso, estas preguntas no son nuevas. Muchos de estos contenidos han sido aprendidos en muchis libros que he leido. Pero hoy, de estas ideas que aprendí de algunos maestros, muchos maestros y de, muchas muchas personas que me han rodeado vienen ahora convocadas estas ideas para contestar a estas tres preguntas.

Lo primero es que estas tres preguntas se contestan muchas veces a lo largo de la vida de cada uno, pero que tienen que contestarse en ese orden, en ese riguroso orden: quién soy, dónde voy y con quién. Y que hay que tener mucho cuidado en respetar ese orden de respuesta, porque, si voy a cambiar ese orden, posiblemente permita que quien me acompaña elija mi rumbo y esto sería muy malo para mi futuro, o voy a permitir que la dirección en la que voy defina quién soy y esto es muy malo para mi presente. ¿Quién soy?, ¿dónde voy? y ¿con quién? preguntas que hay que contestarse muchas veces, pero que sobre todo, repito que hay que contestarse en ese riguroso orden.

Por eso me parece que a la hora de pensar en quién soy es importante saber que soy mucho más que lo que tengo, que soy mucho más que lo que he estudiado, que soy mucho más que esto que se puede ver desde fuera; que hay una esencia en nosotros y que esa esencia es además única; y el hecho de que sea única es realmente maravilloso. Aprendí esto de muchas maneras y de muchos maestros, pero, sobre todo, voy a decir lo mismo que quiero decir mostrándoles unas imágenes.

Existe en México un señor, un artista, un artista callejero que se llama Julián Viver, Julián Viver, es un hombre que hace dibujos en tiza en la calle. Me cuentan que hace cosas fantásticas, dibujando, en pleno zócalo, en el centro de México. Hace dibujos en tiza y en el suelo y tiene esa magnificiencia los dibujos; esa presencia impresionante; esa calidad de detalle. Una de las características que tiene Julián Viver es que participa de la obra que hace; y a la hora de fotografiar estas obras él siempre dice: “esta obra se fotografía desde este lugar”; y tiene una marquita en el suelo desde donde él pide que se tome las fotografía.

Las obras son impresionantes porque, sobre todo, tomada la foto desde el lugar en que él dice que hay que tomar la foto, tienen esta tridimensionalidad. Allí no hay nada que tenga volumen, no hay nada que salga del nivel del suelo; es todo un plano absoluto; es su presencia con el dibujo y el lugar desde donde hay que tomar la foto lo que da esa sensación de tridimensión. Uno quizá no podría creer que allí no hay nada, ningún agujero, nada saliendo desde los fondos de la tierra, sino solamente él pidiéndote que saques la fotografía desde donde él dice que la saques y, por supuesto, posando y participando junto con ello.

Cuentan que un dia unos visitantes lo encontraron y él había traído una especie de detector de metales, que era un falso de detector de metales; era una especie de lata de dulce puesta sobre un palo. Entonces, él dice: “Vamos a buscar un tesoro aquí, así que saquen la primera foto para que se acuerden cómo estaba todo antes de empezar”. Y entonces, él empezó a pasar su presunto detector de metales hasta que de repente algo hizo sonar “¡pi!, pi!”. “¡Oh! Parece que hemos encontrado algo; ahora siéntense un poquito que yo voy a dibujar y después que dibujo un ratito hacemos la segunda foto.” Entonces, se sentaron y él dibujó un ratito; y luego un ratito dijo: “Bueno, pónganse aquí y hagan la segunda foto”. Es un dibujo y la genialidad de él para saber darle el efecto de que hay verdaderamente un agujero. “Si se sientan, dibujo un ratito más y hacemos la tercera foto.” Y los visitants se sientan y él hizo la tercera foto. No hay ningún agujero de nada; es solamente un dibujo en el suelo, es la falsa perspectiva del lugar donde se esta lo que da la sensación. La gente que pasaba miraba sorprendida qué estaba pasando, sobre todo, los que no habían estado en toda la gestión de lo que había pasado con los dibujos.

Dijo : “Ahora sí que estamos cerca, el detector de metals, dice que estamos cerca; así que esperen un poquito porque vamos a sacar la cuarta foto”. Y entonces, vuelve a hacerlos sentar y dibujó un ratito, y luego, después de dibujar un ratito, se arrodilló en el suelo y exclama: “Saquen la foto”. Y la foto es ésta. El efecto de que él está metido dentro de un pozo es, por supuesto, un efecto; él está arrodillado y todo lo que se ve ahí es un dibujo, salvo el famoso detector de metales, que no es tal. Una nina que pasaba exclama “¿qué hace ese señor arrodillado ahí?” Y la madre le dice, “no sé; debe ser un loco que hace cosas raras”. Y dijo: “Bueno, ahora sí que llegamos al tesoro; esperen que dibuje un poquito y hacemos la quinta y última foto”. Y esta es la última foto. No hay nada más que un dibujo en el suelo y, sin embargo, la sensación de profundidad, la sensación de que hay un agujero en el suelo y que hay tierra amontonada es verdaderamente impactante.

Es verdaderamente asombroso que él pueda hacer estos dibujos y que él pueda darse cuenta de cuál es el efecto que van a tener los dibujos que hace. Pero si en esta misma historia que vemos aquí de este mundo dibujado por él, en lugar de conformarse con lo que uno ve, uno trepa por una escalera , a sacar la foto desde otro ángulo, uno ve cuál es verdaderamente el dibujo, el verdadero dibujo; pero visto desde el lugar dónde él dice que hay que verlo es como unico se observa esa tridimencionalidad.

Julián Viver hace obras de arte que sólo pueden apreciarse si uno los ve desde el lugar adecuado, porque si uno no las ve desde el lugar adecuado no puede apreciarse la obra de arte. ¿Por qué traigo esto hoy?

Porque en este camino de descubrir quién uno es, uno tiene que darse cuenta que cada uno de nosotros es una obra de arte, cada uno de vosotros es una obra de arte, y si ustedes no lo saben es porque no se está mirando desde el lugar adecuado. Y si ustedes no son capaces de ver una obra de arte en sus hijos, en sus parejas, en sus padres, en sus amigos; si alguien en el mundo que ustedes no pueden ver como una obra de arte es porque no se están poniendo a verlos desde el lugar indicado.

Entonces, qué bueno sería aprender a mirarse desde el lugar indicado, para descubrir la obra de arte que uno es. Y si uno no lo sabe, hay alguien en el mundo -si no te lo encontraste todavía te lo vas a encontrar- que te mira con esos ojos que se mira una obra de arte y que sabe que tú eres una obra de arte. Pregúntale a él desde dónde te mira. Para los que han tenido la suerte de nacer en una casa donde los padres se amaban entre sí, querían mucho a sus hijos, los veian como obras de arte, era fácil, porque bastaba con pegarse al lugar desde donde ellos te miraban para darte cuenta que había una obra de arte en uno.

Para los que no han tenido esa suerte, no está todo perdido; habrá que buscar en el mundo, porque hace falta alguien, por lo menos alguien, que alguna vez te mire con esa cara, que alguien descubra alguna vez y te diga alguna vez que eres valioso. Porque eres único, porque eres irrepetible y porque hay en ti una obra de arte; mirar desde el lugar que esa persona te mira y el día que lo sepas y el día que lo sepas podrás decirle a los demás que son obras de arte y podrás asumir que lo eres también y podrás saber que el que no te ve así es porque no te está mirando desde el lugar correcto.

Y, sobre todo, digo yo, dejar de hacer esto que hacemos, tratando de ser lo que no somos, porque esta sí que es una tarea no sólo estúpida sino además enfermiza; este esfuerzo que hacemos para tratar de ser lo que no somos.

Porque nos parece que sólo seríamos obras de arte si nos parecemos a alguna otra obra de arte, nos parece, creemos, nos engañamos, creyendo que tenemos que parecernos a alguien, o ser como alguien para poder ser lo mejor que podemos ser, cuando en realidad es todo lo contrario: lo mejor que podemos ser es lo que somos. No hay ninguna duda de esto.

Y voy mas lejos, y me atrevo a decir ¿hasta cuándo vamos a vivir aguantando el aire para que no se note que estamos más gordos?, ¿hasta cuándo vamos a usar esos tacos incómodos de 10 ó 12 centímetros para que no se vea que somos bajitos?, ¿hasta cuándo vamos a hacer el esfuerzo de decir cosas inteligentes para que nadie se de cuenta de que también a veces somos bastante tontos?, ¿hasta cuándo vamos a tratar de ser lo que no somos vulnerando, violando, maltratando la obra de arte de la que hablábamos antes?

Ése no es el camino; el camino es ser quien uno es; el camino es ser auténticamente quien uno es y, por supuesto, si uno es quien es se va a equivocar; si uno no copia, se va a equivocar, y sobre todo, se va a equivocar la primera vez de cada cosa. Porque solamente se aprende de los errores, y si solamente se aprende de los errores equivocarse es el pasaporte para el aprendizaje.

Le digo a mi hija todo el tiempo, cuando ella viene diciendo que ha hecho algo mal: “¡qué bien que lo has hecho mal!”. Y algunas veces cuando viene mi hija contenta porque había sacado el maximo, yo le digo: “es bueno, pero qué pena ¿no?”. Me dice: “¿qué pena? ¿por qué?”. “Porque ahora de esto no vas aprender más nada”; y élla me dice: “estás totalmente loco tú”, y yo le contesto: “sí, pero es verdad lo que te digo”.

Y me parece a mí que si uno pudiera premiar los errores, si uno pudiera darse cuenta de que los errores son buenos para nosotros, si uno pudiera darse cuenta que cuando uno hace algo, lo hace por primera vez y lo hace bien, no aprendió nada, porque ya lo sabía; que solamente puede aprender cuando se equivoca, cuando lo hace mal; y que ahí está la llave de nuestro aprendizaje y que, entonces, en lugar de hacer esta estupidez de enojarse con uno mismo cuando se equivoca, uno tendría que ser un poquito más benévolo cuando se equivoca, un poquito más benévolo con uno mismo.

Porque esta cosa de que uno se equivoca y dice: “¡pero cómo me equivoqué!, ¡pero qué barbaridad!, ¡cómo puede ser que me haya equivocado!” es una maldad para con uno. En realidad uno podría decir, “pero, Carlitos, qué pasó que te equivocaste; bueno, a ver si aprendes ¡eh! para la próxima vez”. ¡Qué bueno sería aprender a tratarse bien!, porque nadie nace sabiendo nada, ni siquiera uno nace sabiendo cómo se es padre; y los que son hijos primogénitos saben lo mucho que se equivocan los padres primerizos.

Por eso, de nuevo digo, esta es la primera pregunta que hay que contestarse; el primer espacio: el de saber quién soy. Porque solamente por allí uno puede empezar este camino a estas preguntas, que en última instancia lo último que persiguen es cada uno se vuelva cada vez más sabio porque me parece que éste es el desafío, me parece que el desafío es volverse cada vez más sabio.

Yo he dicho, en muchas ocaciones que el objetivo fundamental en la vida era ser felices, y después he dicho y he repetido, que era también ayudar a otros a que sean felices; y después he sumado y he aceptado la idea que muchos dicen y que creo cierta que nuestra tarea fundamental es dejar el mundo cuando nos vayamos mejor de lo que lo encontramos. Y no está mal. Esos y cualquiera otros objetivos importantes, me parece a mí, ser felices, ayudar a otros a que sean felices y mejorar el mundo en el que nos encontramos y, sin embargo, creo que si trabajamos para ser más sabios nos será cada vez más sencillos ser felices.

Tendremos más habilidad para ayudar a otros a que lo sean y tendremos más posibilidades de cambiar el mundo en el que vivimos para mejorarlo. Por lo tanto, por qué no trabajar para hacer la tarea lo mejor posible, por qué no trabajar para volvernos cada vez más sabios. Y la única manera para volvernos cada vez más sabios, es saber de dónde partimos; y la única manera de saber de dónde partimos es preguntarnos quiénes somos.

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Author: Carlitos Way BLOG

El tiempo... Traicionero amigo... Quizás nos permite ver todo más claro, tal vez nos permita calmarnos un poco y seguramente también hará que perdamos la oportunidad y lo perdamos todo...

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