Teoría de los Planos Superpuestos.

Fue a Jorge Bucay a quien le escuche por primera vez hablar sobre esta teoria. Me gustaria compartirla pues me parece que todos nosotros, en algún momento de nuestras vidas, nos hemos dado cuenta de que en el plano en el que sucede nuestro acontecer hemos sido tan sólo un puntico muy minúsculo aquí.

Todos nos hemos sentido como una basurita, una nada al lado del plano general que en realidad formaba todo lo que nosotros veíamos de los demás y de la historia.
Todos empezamos por sentirnos alguna vez un granito de arena insignificante en un
inalcanzable.
Y empezamos a asumir que había mucho por recorrer, si uno quería, de verdad,
emprender el camino del crecimiento.
Entonces, con más o menos énfasis, con más o menos ahínco, empezamos a recorrerlo.
Al principio así, de un tirón, sin escalas..Hasta que un día, resbalamos y caímos hasta el comienzo.
Para seguir debimos volver a empezar.
Y aprendimos, sin maestro, que el camino hay que hacerlo escalonadamente. Dos pasos para adelante, uno para atrás; tres pasos para adelante, uno o dos pasos para
atrás.
Y así, con paciencia, trabajo, esmero y renuncia, fuimos recorriendo todo el camino de
nuestro plano.
Recorriendo nuestro camino del crecimiento, en dirección ascendente.

Hasta que un día llegamos arriba. Ese día, si te diste cuenta alguna vez de haber llegado,
es glorioso. Y con toda seguridad te sentiste realmente maravilloso.
Miraste el camino recorrido, te diste cuenta de lo padecido, sufrido y perdido en el
trayecto, y descubriste cómo, a pesar de ello, no te cabía duda de que valía la pena todo
lo pasado para estar acá. Seguramente porque estar aquí arriba, un poco por encima de
otros muchos, es halagador, pero también y sobre todo, por saber que estás muy por
encima de aquel piojito que fuiste. Es bueno, muy bueno estar acá.

Los demás, que recorren sus propias rutas en el plano que anclan por acá, por ahí o por
allá, te miran, se dan cuenta de que has llegado, te vuelven a mirar, te aplauden y te
dicen:
-¡Qué bárbaro! ¡Qué bien! ¿Cómo llegaste? ¿Cómo hiciste?
Y tú les dices:
-Bueno… qué sé yo… -—un poco para esconder en la modestia tu falta de respuesta.
Ellos insisten.
Y tú te sientes único y el peor de tus egos vanidosos se siente reconfortado de estar por
encima.
El ego explica: -Bueno. Primero hay que hacer así, después hay que ir por allá…

Pasa el tiempo y te das cuenta de que este lugar, el del aplauso, es maravilloso, pero que
uno no puede quedarse así, quieto para siempre.
Entonces empiezas a recorrer otros puntos del plano.
Vas y vienes, porque ahora con más facilidad controlas y manejas todo el plano. Puedes
bajar, entrar, descender y volver a llegar. Recorres cada punto del plano y vuelves otra
vez arriba, y todos los demás aplauden enardecidos

Entonces te das cuenta dé que te quedan unos milímetros de plano más por crecer, y
piensas: “Bueno, ¿por qué no…? Total, no me cuesta nada…”
Y avanzas un poco más hasta quedar pegado al límite superior del plano.
Y la gente aúlla enfervorizada.
Y sientes que empieza a dolerte un poco el cuello, aplastado contra el techo del plano.
La gente grita: -¡Ohhh!

Entonces… en ese momento… nunca antes, haces el descubrimiento. Ves algo que nunca habías notado hasta entonces.

Te das cuenta de que en el techo hay un acceso oculto, una especie de puerta que sale
del plano. Una abertura que no se veía desde lejos, que se ve nada más que cuando uno
está allá arriba, en el límite máximo, con la cabeza aplastada contra el techo.
Entonces abres la puerta, un poquito, miras.
Nada de lo que se ve estaba previsto.
Lo primero que notas es que la puerta tiene un resorte y que al soltarla se vuelve a cerrar
sola inmediatamente.
La segunda cosa que adviertes es muchas veces perturbador: la puerta descubierta
conduce a otro plano, que nadie mencionó nunca.

Es tu primera noticia. Siempre pensaste que este plano era el único; y el lugar donde
estabas, tu máximo logro. “Ahhh… hay otro plano por encima de éste.” Piensas.
“¡Se podría seguir…! Mira qué interesante.” Y entonces asomas la cabeza por la puerta y
te das cuenta de que el plano al cual llegaste es tanto o más grande que el otro.
Miras casi instintivamente del otro lado y ves que del lado del nuevo plano la puerta no
tiene picaporte. Esto significa, y lo comprendes rápidamente, que si decidieras pasar, el
resorte cerraría la puerta y no podrías volver. Y te dices en voz alta: -No, ni loco.
Cierras otra vez la puerta y te quedas lo más campante, una hora, dos horas, tres días,
tres años, no importa cuánto.

Y un día te das cuenta de que te estás aburriendo infinitamente; te da la sensación de
que todo es más de lo mismo y que no hay nada nuevo por hacer y que podrías seguir.
Entonces otra vez vuelves a abrir la puerta y pasas un poquito más de cuerpo. Trabas la
puerta con el pie y giras para decirles a los que están cerca:
-Oigan, vengan conmigo que vamos a explorar el otro plano.
Los que te escuchan, que no son muchos, dicen:
-¿Qué otro plano?
-¿Qué me dices?
Intentas explicar: -El que descubrí yo, está por acá, pasando la puerta…
-¿Qué puerta? -Si no hay ninguna puerta.
-¿¡De qué estás hablando!? -—dicen todos.
Está claro. No pueden entender.
Y entonces, aterrizas en el gran desafío: si te animaras a pasar de plano, deberías pasar
solo. Ninguno de los amigos que has cosechado acá puede pasar contigo. Cada uno
podrá pasar sólo cuando sea su tiempo, que no es éste, porque éste es el tuyo, solamente
el tuyo.

-Solo no paso —sentencias. Porque duele dejar a todos de este lado. Dejar atrás a los que quieres y a los que te quieren:
-Los espero —les prometes sin que sepan.
Pero el tiempo se estira, el cuello te duele y el tedio se vuelve casi insostenible.
Y aguantas.
Y te inventas consuelo.
Y renuncias a ciertos pensamientos y a muchos impulsos.
Y te aburres de tu vida que para los otros es fantástica.
Y nadie te entiende.
Y todo pierde sentido e importancia.
Hasta que un día, imprevistamente, en un arranque, lo haces.
Traspasas la puerta, ésta se cierra como ya sabías y te encuentras en el nuevo plano.
Los que quedaron atrás creen que eres un modelo para ellos.
Te piden consejo, se lo das; te cuentan sus problemas y los escuchas; pero nadie puede
entender los tuyos; simplemente estás en otro plano.

No es un mérito, es un suceso.
Los del plano anterior aplauden cada vez más y vitorean tu nombre, pero ya casi no los
escuchas. Quizá porque no necesitas tanto de su admiración.
Miras de frente el nuevo plano. Sientes un extraño deja vu.
Otra vez estás acá.
Estás solo.
Solo, triste, temeroso y a ratos desesperado.
¿Por qué todo esto?
Por una sencilla razón: otra vez te sientes una basurita insignificante.

Y para peor, una basurita con conciencia y recuerdes de haber sido casi un Dios.
“Allá era aplaudido por todos los demás, aquí no me conoce nadie.
“Antes tenía a todos mis amigos a mi alrededor, desde aquí ninguno de ellos entiende
siquiera lo que digo.
“He perdido todo lo bueno de aquello para ganar esto, que lo único que tiene de bueno
es la perspectiva.”
A ratos, por qué negarlo, aparece una especie de arrepentimiento.
En algún momento, cuando empezaste a asomarte, tus mejores amigos te dijeron:
-¿A dónde vas?
-¿Acaso no estás bien aquí?
-Quédate.
-Quizá debiste escuchar un poco más.
-Quizá te apresuraste.

Les contestaste: -Ustedes no entienden, están equivocados.
Quizá no estaban equivocados.
Pasas del arrepentimiento al autorreproche.
Ellos siguen en su lugar disfrutando y tú aquí, en pena.
Has pasado voluntariamente de la gloria máxima de ser el ídolo de todos a ser el último
piojo de este plano nuevo.
¿Quién era el que estaba equivocado?

En este punto yo creo que nadie está equivocado, porque no es un tema de aciertos y
errores.
Hay momentos, hay tiempos, hay oportunidades en cada una de nuestras historias.
Afortunadamente, el desasosiego dura poco. Después de todo, ya no hay nada que puedas hacer. Para bien o para mal este nuevo lugar es el mejor sitio para estar.
No hay equivocados, hay situaciones diferentes, y planos diferentes.

La cuestión de cómo hacer para volver atrás va dejando lugar a oirás preguntas mucho
más trascendentes de cara al futuro.
¿Y ahora qué?
¿Habrá que recorrer todo el plano una vez más, para llegar arriba y descubrir otro
plano?
Seguramente.
Y sabes, aunque luego lo olvides, que habrá un nuevo techo más adelante y una nueva
puerta y un “nuevo plano”.
¿Tendrá sentido seguir hacia arriba?
¿Hasta cuándo? ¿Infinitamente?
¿Hasta dónde?

Yo digo: hasta que decidas detenerte. Cada uno puede decidir quedarse donde quiera.
En este plano, en aquel, en el próximo, en la mitad del que sigue…
Yo no critico a nadie que decida quedarse en un plano, sólo aviso que el camino del
crecimiento es infinito.
Necesito decirte que creo que el crecimiento vale la pena, pero que la pena es
inevitable.
Quizá ahora quede más claro por qué sostengo que hay caminos que son
imprescindibles.
Para animarse a pasar de plano hay que estar convencido de que dependo de mí mismo,
hace falta haberse encontrado comprometidamente con aquellos de quienes aprendí y
hay que saber, mientras caminamos ¡untos, que probablemente nos separemos en algún
momento.
Y aunque casualmente lleguemos con alguien al cambio de plano, dejar atrás lo
conquistado significa perderlo y esto convoca a un duelo.
Crecer es un beneficio pero implica una pérdida, aunque no sea más que ia de la
ingenuidad de la ignorancia… y no es un tema menor.

Cada cambio de plano implica un duelo pero también, como hemos visto, cada duelo
importante de nuestra vida conlleva un cambio de plano.
Para pasar de plano hay que tener valor, claro que sí, pero sobre todo hay que confiar en
uno mismo.
Tengo que confiar en mí si quiero separarme de lo que traigo.
Debo apostar por mí si pretendo vivir una vida desapegada.
Tengo que confiar en que la pérdida que me toca vivir es, en realidad, una puerta y la
apertura de un crecimiento mayor.
Tengo que confiar en que hay algo mejor después de esto.
Tengo que confiar en que el plano que sigue me enseñará lo que necesito saber.
Tengo que desconfiar de la vanidad que me cuestiona por renunciar a ser el ídolo de
todos los que quedaron allí atrás.
Tengo que animarme a pasar por esto si quiero seguir creciendo.
Crecer sin que la altura me haga perder de vista lo importante.
Y lo importante… es la vida.

La Madre Teresa de Calcuta escribió:
La vida es una oportunidad, aprovéchala.
La vida es belleza, admírala.
La vida es dulzura, saboréala.
La vida es un sueño, hazlo realidad.
La vida es un reto, afróntalo.
La vida es compromiso, cúmplelo.
La vida es un juego, disfrútalo.
La vida es costosa, cuídala.
La vida es riqueza, consérvala.
La vida es un misterio, devélalo.
La vida es una promesa, lógrala.
La vida es tristeza, sopórtala.
La vida es un himno, cántalo.
La vida es un combate, acéptalo.
La vida es una tragedia, enfréntala.
La vida es preciosa, jamás la destruyas.
Porque la vida es la vida, vívela.

Cuando abandones este plano que hoy transitas, quedarán en ti todos los recuerdos de lo
vivido, pero perderás casi todo lo que conseguiste en tu relación con los demás, casi
todo lo que cosechaste de tu vínculo con los otros.
Eres el mejor amigo de todos, pero nadie es tu amigo. Todos cuentan contigo, pero tú
sientes el dolor de no tener más nada que ver con ellos.
No siempre sucede así, pero hazte esta imagen.

Tengo que aceptar que hay una pérdida que llorar, y soy yo el que tiene que hacer el
duelo. Cuando paso, el otro no pierde mida, ni siquiera a mí. Yo soy el que deja todo, hasta el placer narcisista de ser “uno de los que llegó”.

Y no es que aquel lugar de allá arriba fuera un lugar para humillar a los demás, pero sin
duda era más factible alardear desde allí que desde el nuevo plano. Después de pasar no
estás para ufanarte frente a nadie, sobre todo con esa sensación de ser otra vez
insignificante.

Quizá ni sabes que estás en otro plano, de pronto ni sabes qué pasó, lo cierto es que de
repente empezaste a sentirte poca cosa, como hace tanto.
Y, por supuesto, no estás para proclamarlo, ni para exhibirlo, en todo caso sólo para
padecerlo.

Pero desde el plano anterior, alguien parece entender lo del pasar y se anima a decir:
-Estás en otro plano, ¡qué bárbaro! Eres un iluminado.
Y tú le dices honestamente:
-¿Quién? ¿Yo iluminado? Sí me siento una nadita, incapaz de todo.
Y los demás se asombran de tu humildad.
Aunque, por supuesto, no todos se quedan en el asombro.
Algunos picaros han escuchado a los que pasaron de plano decir que no son, que no
saben, que no pueden, y encuentran en la frase una manera de disimular su vanidosa
pretensión de recibir los halagos reservados a los modestos hombres sabios.
A veces, mostrarse poca cosa es una manipulación, un manejo exhibicionista construido
para impresionar a los giles (como se dice en mi barrio), para el afuera.
Y no es de los que están al tope del plano anterior; ésos pueden alardear con lo que son.
En todo caso se lo han ganado.
Los manipuladores son los chatos, los acomplejados, los oscuros intrascendentes de
siempre.

Quiero decir, también este “no soy nadie” puede ser una sombría manipulación, una
declaración de los vanidosos que, conociendo la humildad de los iluminados, compiten
para decidir quién es el más humilde y dejar supuestamente establecido entonces quién
es el más iluminado.

Concluyo:

¿Hasta dónde se sigue creciendo?
Yo no sé si es malo elegir quedarse en algún lugar halagador y no querer avanzar. Digo
que querer seguir forma parte de nuestra naturaleza. Me parece irremediable.
El biólogo Dróescher dice que sólo se puede estar en dos momentos: creciendo o
envejeciendo. El precio de quedarse clavado en la historia sin crecer más es empezar a
envejecer.

Si ésta es la elección, está muy bien. Pero hay una elección para hacer y es absolutamente personal. Nadie decide por ti dónde te quedas.

Tú eliges hacia dónde y tú decides hasta cuándo, porque tu camino es un asunto
exclusivamente tuyo.

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Author: Carlitos Way BLOG

El tiempo... Traicionero amigo... Quizás nos permite ver todo más claro, tal vez nos permita calmarnos un poco y seguramente también hará que perdamos la oportunidad y lo perdamos todo...

1 thought on “Teoría de los Planos Superpuestos.”

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