El vacío existencial: reflejo de la sociedad posmoderna.

Y de repente me hallo frente a mí, en un inconmensurable angustia de ver una simple y llana humanidad; una presencia desnuda que se ve frente al espejo del ser que camina sin retraso hacia la muerte. No sé quién soy sin tener cerca aquel aparato que da una identidad, que me hace sentir parte de un grupo selecto (aunque sé que la realidad me indica que ya casi todos pueden tenerlo). No sé quién soy ante un silencio inquietante que me grita mi soledad. No sé quién soy sin el ruido de las risas, de la fiesta, del alcohol, del sexo o simplemente del trabajo. Sencillamente, me siento vacío”.

Tales palabras dejan de ser una creación poética de la época del romanticismo, donde la exaltación de los sentimientos colmó las letras y los pensamientos de los jóvenes. Hoy son palabras, ya no producto de una maximización de las emociones, sino una realidad cruda, una realidad de cientos de personas que no encuentras respuestas a sus más grandes preguntas, una realidad que se presentan cada vez más y más en diversos hogares, y en diversos corazones.

La época posmoderna trajo consigo una gran cantidad de preguntas, de cuestionamientos, de planteamientos nuevos, de tolerancia, de respeto. Un época posmoderna donde empezo a increpar de todo aquello que estaba previamente preestablecido; por medio del mazo de la ilustración dudó de todo cuando ya se daba por sentado. En un momento permitió el progreso, pero hoy, dicha postura ya no permite ni siquiera avanzar a paso seguro por las turbulentas aguas de una realidad incontrolable.

Existe una falta de identidad en los seres humanos. Hemos perdido los instintos que nos indicaban lo que teníamos que hacer, que nos guiaban; y ante la pérdida de fuerza de los valores tradicionales; el hombre se queda como un ser que ve al infinito cuestionándose sobre su propia existencia, sobre cuál es el camino adecuado, el fin de su existencia. Ante esta angustia el hombre tiene que elegir, y elegir provoca angustia. Entre la espada y la pared.

¿Qué hacer ante este panorama lleno de incertidumbre? La mujer y el hombre actuales van dejando que su caminar sea guiada por las múltiples ideologías que surgen con gran fuerza, pero al aparecer una nueva que promete mejoras personales y bienestar a su muy particular agonía, cambian, como el viento cambia de dirección en invierno, con la esperanza de encontrar calor y luz.

A mayor superficialidad, mayor angustia. El ser humano, llamado por la ciencia homo sapiens, es un ser pensante, un ser capaz de ser crítico, de preguntar, de cuestionar. ¿Cuál ha sido el error del posmodernismo? Que ha sido incapaz de aceptar alguna respuesta como cierta, dado que “todo depende del cristal con que lo miras”. Su incuestionable argumento de que “nada es verdad” trae consigo un fuerte vendaval de dudas, dudas incapaces de ser satisfechas con cosas materiales, con necesidades e instintos, con ruido, con compañía. ¿Entonces? ¿Qué hacer con este vacío que se hace cada vez más grande?

Una sociedad post revolucionaria (industrial y sexual), que ha avanzado a grandes pasos en el descubrimiento de grandes adelantos, se olvida del ser más maravilloso del universo: uno mismo, el ser humano.

El hombre es un ser de pregunta, pero también es un ser de respuesta. El hombre es un ser que cuestiona, pero es también un ser que espera. El hombre es un ser que duda, pero también busca una respuesta. Y es ahí, donde el posmodernismo nos ha dotado de preguntas, de cuestionamientos y de dudas, pero nulas – o muy pocas – respuestas.

El valor del ser humano no está sujeto a una corriente ideológica, o vertientes religiosas; sino que es inherente a cada uno; no está ligado a una marca, sino a la esencia humana; no está configurada por el estatus, sino a la vida; no lo determina el tener, sino el ser.

El vacío existencial, reflejo de una sociedad posmoderna, es fruto de la carencia del valor más importante: el valor de la existencia humana. Pero, al final de cuentas, no es en sí el posmodernismo quien da como fruto el vacío existencial, sino somos las personas que hemos creído toda la avalancha ideológica y no hemos sido capaz de encontrar las respuestas a las preguntas más elementales.

Nietzche nos compartió que “quien tiene un por qué para vivir, podrá soportar cualquier cómo”, por lo que para superar, en cierta manera, aquel vacío que nos aqueja, habrá que preguntarnos, ¿cuál es nuestra razón de existir?

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