Si el Universo tiene una lógica, solo nos podemos acercar a ella por la osadía


La vida solo es esperar y creer, inventarse inventando, mentir y mentirse; nada tan parecido al hombre como el Quijote que vive hasta en el corazón del científico más minucioso. El resto, sea el Nirvana o la Cruz, son metáforas; el éxito depende del ingenio de las mentiras, de la calidad de los vendedores.

Si se triunfa, hay una explosión momentánea que muchos llamarán revolución, una multitud de servidores, una doctrina que se transformará en un mito. Si se fracasa, solo una divagación, una ficción que algunos llamarán teoría.

En tanto la vida inventa, la piedra sigue en su lugar, tan eterna que no tiene necesidad de mentir. Somos polvo excitado por fantasmas, aventureros que por timidez pocas veces alcanzamos al Quijote.

Pienso que el mal tiempo continuará, que serán más grandes las calamidades y mayor la cantidad de muertos, que la desesperación será insoportable, que se acabarán los héroes y se multiplicarán los mártires, que no podremos escapar de la prisión que nosotros mismos construimos por no animarnos a la felicidad y sus alegrías.

Comienzo a sospechar por qué los dioses me enviaron aquí: sin nadie alrededor al que yo le importe, no me queda otra cosa que sentir la libertad, la libertad que transformará mi vida en algo que aun desconozco.

Me puebla un ritmo musical que aliviana a la prosa, que la agiliza de tal suerte, de tal suerte la libera que parece un exorcismo que la salva de la pesada sintaxis y la inquisidora gramática por la que escapé de esos fracasados que llaman maestros.

No sé qué día es ni me importa, no escribo para nadie, ni siquiera para la Madre Teresa, que ya debe estar aburrida de los escritores que se cuelgan al hombro la responsabilidad de la humanidad.

Sueño, solo sueño, y entre sueño y sueño recorro el mundo.

Alrededor, la sociedad humana se cae a pedazos mientras algunos cantantes me hartan con la melancolía; y el tiempo es un cáncer que devora a las horas insulsas de los seres humanos.

Cuando no quede nada, la música verdadera comenzará a sonar sobre el caos con que se declara la realidad. Yo también estoy agonizando, y estas palabras son parte de la piel que vine a quitarme lejos de mi hogar, para no preocupar a mi madre, que todavía me siente patear dentro de su matriz. Esto puede querer decir que aún no he nacido.

Me acuerdo de que cansado de no encontrar lo que quería leer, comencé a escribirlo; al fin y al cabo, era la mejor salida para mí, la tarea más digna para el anarquista que soy. Además, era el más bello camino hacia la libertad que soñaba más que a la sabiduría.

Cansado de fracasar en la realidad, la esperanza se me acerca en la ficción para que encandilara con mis luces a la oscuridad social.

Escribir no es escapar; sino saltar al vacío, aumentar la agitación, el movimiento del centro de la existencia, escribir es acometer contra todo, huir de la monotonía, de la esterilidad de las tareas sociales.

En los dominios del arte yo soy mi propio amo, el esclavo de mí mismo; fui colocando palabra sobre palabra, fui creciendo frase a frase, tuve que olvidar lo que había aprendido de los demás para ser yo mismo, sin pasado a la vista ni sueños de futuro, es decir yo mismo en el ahora mismo.

Sin el salvavidas que termina hundiendo a los cobardes, me arrojé al mar de la creación, lejos de las castrantes mutuales y los sindicatos paternalistas y la familia asfixiante y el canceroso nacionalismo.

Ya sospechaba que no hay que adaptarse a la vida sino atreverse, obedecer al ciego impulso de la aventura. La osadía, aunque nos lleve a la tragedia, nunca es fatal porque proviene del fuego de los dioses eternos.

Si el Universo tiene una lógica, solo nos podemos acercar a ella por la osadía, gracias a la cual aprendemos que no hay nada como crear a partir del punto más débil.

La osadía no depende de la fe ni de la técnica ni del conocimiento; viene de la extraña certidumbre que conservamos del animal al que nunca gobernará nuestro intelecto. La osadía nos lleva al punto cero, a la nada donde vive todo, ese todo que jamás podremos describir con palabras, aunque cante en todo lo que escribimos.

Lo importante no es la duración de la canción que canto sino el tiempo de asimilación en quien la escucha; en mí es finita, pero en el otro es infinita. Esto lo escribo en soledad; Tu, también en soledad, lo negarás o lo multiplicarás.

El oficio de espectador es resignado, como todo lo social; escribir es un juego más, una manera de cambiar las cosas, de ponerlas a nuestro gusto. Tal vez se escribe para esquivar la soledad, el tedio de días socialmente iguales en las agotadoras y reiterativas realidades de cada cual.

Sí, me identifico con el sonido de mi nombre; soy Leo, es decir multidireccional, y todavía creo que fue una buena idea haber nacido. No estoy arrepentido de nada ni le tengo miedo a nadie, tal vez por inconsciente, y he logrado la hazaña de vivir para y de lo que amo. Estoy pasando de la multitudinaria convivencia y socialización, a la soledad de la literatura, aunque las dos están movidas por mi desaforado amor a la libertad.

También amo a las palabras; llevo con ellas tantos años que me sacan de cualquier trance. Si no me distrajeran tanto las bikinis, las minifaldas y algún que otro deporte, habría escrito mucho más. Además del otro que también soy, me habitan varios fantasmas y gnomos, bufonescos y farsantes, algo infames, algo creíbles e ingeniosos, que me ayudan a componer la única obra que cualquier artista escribe (aunque piense que escribe varias), la que más que la inspiración me dicta la soledad para distraerse de ella misma, para distraerme de mí mismo que conforman todos los que soy.

La literatura es una ética de la verdad que confirma que no hay otro bien que el bien decir, que diciendo somos porque estamos estructurados en palabras.

Siempre estuve interesado en el lenguaje, principalmente en sus libertades, como el argot y las asociaciones caprichosas, las jergas de los barrios y los poetas callejeros y desaforados, descarados e insolentes.

Nunca me distrajeron del lenguaje los espejismos de la moral ni las mentiras y caprichos de la voluntad; he preferido la frescura de los bares a la simulación de las bibliotecas, brillantemente impersonales, es decir vivir en lugar de explicar la vida.

No tengo discípulos pero sí los enemigos que me crea el amar en voz alta a la locura, por eso no logro efectos de medias tintas: me aman o me odian.

En la imaginación comienza mi estilo, mi marginalidad, el desierto sin inscripciones ni dogmas donde me salvo de los idiotas que llegan al poder por una idea falsa del bien y la normalidad, los enfermos que creen curar a otros enfermos, los que se alejan de los dioses para arrastrarse entre abogados y economistas que les quitan alegría y potencia sexual.

Llevé palabras antiguas de mi territorio a otros territorios; así aprendí que el mundo es un pretexto para que podamos intercambiar, para perder en un costado lo que ganamos en el otro. Para lograr esto, tuve que alejarme de los cuerpos que amé, del prestigio logrado frente a otros hombres con los que utilicé palabras que odiaba.

Habiendo caminado el mundo, es difícil que la lengua que hablé cuando era niño sea la lengua que hablo ahora, que soy adulto; es freudianamente doloroso, porque haberla dejado es haber cortado el cordón umbilical.

Amo la ironía, que es la mejor manera de descalificar a los que no me gustan, de sorprender, de excitar, de golpear; nunca fui cómico, es decir que nunca me ridiculicé para divertir (nunca colaboré para hacer de un imbécil un canalla).

Soy yo, nada más que yo (una imitación jamás llega a ser un acto); no soy la suma de lo amado (como alguna vez se dijo ) sino la síntesis de lo amado, la selección que el yo hizo de los otros, la purificación, la poetización de lo que me rodea.

El arte, para mí, no es una manera de la felicidad sino una manera de la verdad donde el deseo y el goce son respetados por igual, donde lo perverso juega con lo sagrado, como convivían las ratas con San Francisco y las flores con Herodes; el arte es la gran saga de la soledad.

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Author: Carlitos Way BLOG

El tiempo... Traicionero amigo... Quizás nos permite ver todo más claro, tal vez nos permita calmarnos un poco y seguramente también hará que perdamos la oportunidad y lo perdamos todo...

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