Las Mascaras


Nada hay tan importante para nosotros los seres humanos, como las relaciones con los demás. Antoine de Saint Exupery decía que “el ser está hecho de relaciones y sólo éstas le importan”. A veces, sin embargo, las apariencias nos engañan. Vemos personas enloquecidas por ganar más dinero, artistas trastornados por la fama, políticos obsesionados en su lucha tras el poder y eternos don Juanes desesperado por anotar nombres en su interminable lista de conquistas. Todos ellos, al igual que las personas comunes y corrientes que buscamos el amor y bienestar de nuestras familias, necesitamos “inevitablemente” establecer relaciones con los otros, para hacer realidad nuestros sueños.
La mayor parte de nuestras necesidades requieren de la participación de otras personas y por eso las relaciones humanas son tan complejas. Estamos cargados de expectativas, deseos y temores que contaminan todos los vínculos que establecemos en la vida. Quien es inseguro, por ejemplo, con frecuencia se sentirá atacado y desvalorizado por la más mínima observación negativa acerca de su comportamiento. El que tiene un exceso de orgullo será incapaz de comprender y perdonar los errores de los demás. Y el que necesita de continua aprobación, no podrá soportar que otros sean alabados o destacados y tratará de minimizar o ignorar sus logros. Este tipo de actitudes que están por debajo de los comportamientos visibles, son los que complican las relaciones humanas y producen un sinnúmero de dolores y frustraciones.
Todos somos distintos, es cierto, pero también somos muy semejantes en relación a los procesos internos que vivimos.
Todos quisiéramos ser amados, comprendidos y valorados…..entonces
¿por qué parecemos indiferentes y tacaños a la hora de demostrar el afecto, el aprecio, el agradecimiento y la admiración que nos producen quienes nos rodean?
Por nuestras Mascaras.
Persona quiere decir máscara y cada uno de nosotros tiene muchas.
¿Hay realmente una verdadera que pueda expresar la compleja, ambigua y contradictoria condición humana?.
Siempre es terrible ver a un hombre que se cree absoluta y seguramente solo, pues hay en él algo trágico, quizás hasta sagrado y, a la vez, horrendo y vergonzoso.
Siempre llevamos una máscara, que nunca es la misma, sino, cambia para cada uno de los lugares que tenemos asignados en la vida: la del profesor, la del amante, la del intelectual, la del héroe, la del hermano cariñoso.
Pero ¿qué máscara nos ponemos o qué máscara nos queda cuando estamos en soledad, cuando creemos que nadie nos observa, nos controla,
nos escucha, nos exige, nos suplica, nos intima, nos ataca?.
Acaso el carácter sagrado de ese instante se deba a que el hombre está, entonces, frente a la Divinidad o, por lo menos, ante su propia e implacable conciencia.
¡Cuántas lágrimas hay detrás de la máscara!
¡Cuánto más podría el hombre llegar al encuentro con el otro hombre si nos acercáramos los unos a los otros como necesitados que somos, en lugar de figurarnos fuertes!.
Si dejáramos de mostrarnos autosuficientes y nos atreviéramos a reconocer la gran necesidad del otro que tenemos para seguir viviendo, como muertos de sed que somos en verdad ¡cuánto mal podría ser evitado!.

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