Un poco de mi


Nací para dar testimonio de un escándalo infinitamente demorado, para que mis ojos se lo beban todo, para que terminen devorando mi copa, para ignorar que la existencia es una interminable suma de miedos.

Nací para sentirme mal, tal vez sólo porque sospecho, culpa de la esperanza, que puede haber un mañana mejor, y yo soy ansioso, no puedo esperar; nací para comprobar en el presente, y gracias al pasado, que nada es tan malo, pero que tampoco nada es tan bueno; nací para ser lo amado, por ejemplo Arthur Rubinstein, el que disfrutaba dando de comer a las palomas en el Campo di Fiore del Trastevere romano, el que con solo apoyar sus incendiadas manos en el teclado podía revivir a Chopin; nací para cultivar la memoria de tal suerte que se enriquecieron mis soledades, que son declaraciones inconscientes de independencia.

Nací para tener que aceptar, dolorosamente, que aunque uno haga mucho, lo esencial será postergado hasta lo infinito; nací para que una extraña ética me condene a estar solo, pues no me permite pactar ni siquiera cor aquellos que me ayudarían a sobrevivir; nací para no recordar quién dijo que la gloria es el sol de los muertos; nací para aprenderlo de Borges , porque él lo debe saber, of course; nací para que él me sepa, nací para que Aquel me piense.

Nací para comprender que el que consigue llegar a su epicentro alcanza la eternidad; nací para perseguir infinitos y nostalgias, para imaginar el Universo, y a mí dentro de él, y a él dentro de mí, para saber que el escocés Carlyle estaba enamorado de Alemania, o de Goethe y Schiller, que es lo mismo.

Nací para leer, traducido, al Schopenhauer que se me adelantó, si yo fuera Nietzsche; nací para aprender algunas voces del inglés y el italiano, para amar al hebreo, al que tal vez nunca alcanzaré.

Nací para curiosear textos expresionistas que jugaban con el lenguaje como jugó Joyce; entre esos curiosos textos descubrí a Kafka, siempre divagando por el infinito; nací para morir con él, entre tortugas y flechas.

Nací para renacer por ti, para que no dejes de soñarme porque si no desaparecería; nací para hacer nada para nadie, para ser ninguno entre cualquiera.)

En esos días, como ahora, la gente tenía predilección por las estupideces, un respeto suicida por lo mediocre, es decir que antes de ser lo que no es, era menos (aún no quiere enterarse de que está hecha a la bendita semejanza, como el gato todavía no se enteró de que la ley de gravedad sigue vigente).

Los años pasaron unos tras otros, como es su costumbre, y no tuve más remedio que crecer; de mi familia heredé sólo una incipiente arteriosclerosis que me salva de recuerdos deleznables, que aliviana y agiliza a mi memoria, y un apellido de dudosa implicancia histórica.

Así comenzó la cuestión; había que elegir un modelo: preferí seguir al hombre del hachazo en la cabeza. Por él me conecté con otros golpeados, es decir Samuel Beckett, Henry Miller, Ezra Pound, a quienes encontré en la biblioteca, el segundo gran descubrimiento de mis primeros años, después de los caballos.

La biblioteca… allí estaban las fábulas y los aciertos de los hombres, desde el claro Lao Tsé, el despierto Buda y Hermes Trismegisto a las revisiones de Kierkegaard.

En uno de esos estantes encontré la manera de combatir al miedo que nos separa del león, del mar, del amor, de la vida, o los privilegios que nos depara la fe; en la biblioteca supe cómo se hacía el pan en los días de Jesús, por qué Jung suponía una realidad del alma y Kandinsky pregonaba una moral del arte. Allí supe de la serpiente donde los precolombinos descubrieron al generoso cuadrado, principio de la arquitectura, casi al mismo tiempo que los antiguos griegos.

En la biblioteca me enteré de que los fenicios inventaron el alfabeto por una necesidad de simplificar los trámites comerciales, es decir por una necesidad mercantil, invento que hoy me sirve espiritualmente, pues sin esos signos, caprichosos y mágicos, no podría intentar descansos en medio del Pacífico Desastre Cotidiano, columpios, columnas donde sostenerme para no caer en el terrible Abismo de la Aceptación, sonidos que me salven de las inútiles y tristes noticias de la televisión, juegos que me distraigan de los empleados de comercio, los telegrafistas, los corredores de Bolsa, los industriales, las manicuras, los deportistas y los choferes.

Me gusta jugar con las palabras, que me hacen respirar un mundo superior; me gusta juntarlas para que sean ideas que pueden cambiar al mundo, como sucedió con Jesús, con Marx, o para que sean poemas que, como mis mañanas, se llenan de pájaros, los poemas que escribo entre mujer y mujer, porque el poema es algo hermoso que vive entre una mujer y otra, como vive entre este mundo pasajero y el otro, donde señorea la eternidad Cada uno de ustedes es un poema, algo único que conforma mi mundo, que es el mundo de las ideas (¿qué es la vida sino una grandiosa idea?), las ideas en las que vivo para siempre, porque ustedes las continuarán (yo voy a dejar sonando algunas palabras que ustedes, los jóvenes, harán rodar por el mundo el resto de la vida). Miren cómo retozan las palabras por las calles de la ciudad, cómo juntan a María con Juan, cómo preocupan al injusto, cómo excitan al bueno, cómo crecen a Rulfo, a Octavio Paz, a García Márquez. Las acompaño con tono y dominante y se transforman en canciones con las que he alterado a las muchachas y enojado a los dictadores como Duvalier, Somoza, Franco y Cía., sin contar a los generales que degeneraron la vida de mi país.

Las canciones son mi cuerpo volando, haciéndome fosforescente, es decir poeta; muchos se casaron por mis canciones, por eso me odian, muchos se separaron por ellas, por eso me aman… es decir que soy amado por lo que odio y odiado por lo que amo.

Quiera o no, lo sepa o no, el que elige para sí mismo elige para todos, porque un esclavo atrasa a la humanidad, porque la culpa de uno es la culpa de todos.

Todo se hace por el derecho a ser libre; cuando este derecho es lesionado, aparece el drama.

A partir de ese drama comenzó mi función; el escenario era precario y nada singular: dos viejos almacenes, una escuela, algunas calles grises con sus perros hambrientos y muchos vecinos engañados por ellos mismos, cansados de sus frígidas mujeres y sus mediocres tareas.

Aceptar definitivamente algo, aunque fuese lo mejor, era quedarse, perder el ritmo de la vida; al final entendí que la burguesía es solo un prejuicio, y la pobreza una metáfora romántica.

Los hijos de los pobres se hicieron ricos, por venganza, y los hijos de los ricos se hicieron marxistas, por el psicoanalista; ninguno de ellos tuvo tiempo para Dios, que, por supuesto, no tuvo tiempo para ellos.

Hay un cierto placer, un morboso placer en el sufrimiento; es como dormir encerrado con una loca que puede amarte como nadie o matarte como ninguno (bueno, esto es un poco tramposo, porque siempre se puede escapar por la ventana).

Estoy vivo, juntando experiencias, gozando los privilegios del aislamiento; así puedo detenerme el tiempo que quiera en Rimbaud, los vagabundos, las inútiles y divertidas disputas sociales, los incendios de fábricas y la niebla, los malabaristas y las putas de los caminos, los amores rápidos y las borracheras largas, las conversaciones idiotas y los silencios brillantes, las invenciones, los mitos, los túneles donde siempre recuerdo al belga de Brujas que juraba haber tenido treinta y cuatro hijos y escrito ciento veinte libros mientras comía espaguetis con la mano.

Hasta el amor es una falsa alarma, como la valentía también es un hecho trivial. Todo es un interrogante, por ejemplo la muerte que aparece detrás de cada acto y que nos obliga a apresurarnos, aunque en el fondo sabemos que nunca sabremos nada. En cada cambio está sugerida la muerte, que nos hace perder respeto a nuestro inocente individualismo, que olvida la dependencia absoluta de todas las cosas en la Creación).

Todos los caminos llevan a cualquier parte, y cualquier parte y ninguna parte es lo mismo; la miseria luminosa del Asia me hizo comprender la agonía lujuriosa de Occidente, y supe de la vida en la cara de los muertos. Luché contra la esclavitud, la humillación y el despotismo sin comprender que era en vano, porque solo en esas pestes el hombre vulgar, que es mayoría, se siente vivo. Las pocas veces en que pude librarme de la mayoría oí la bella y misteriosa música de las antiguas religiones, que volvieron a contactarme con los dioses, los de los altos sueños del Islam, los que frecuentan, todavía, la trajinada puerta de Damasco, en la sagrada Jerusalem, y las puertas de mosaicos de Teherán, entre otras maravillas. Creo que la gente está insegura porque no sabe de dónde viene; entonces, ¿cómo no temblar ante el futuro? También le asusta la velocidad de los cambios, cada vez más seguidos; nunca las cosas cambiaron tanto, salvo por la guerra, decía Malraux. En algunos momentos vi, juntos, lo antiguo y lo contemporáneo, por ejemplo los carruajes de paseo de Manhattan, tirados por caballos, y las torres de ciento cuarenta pisos frente a la Estatua de la Libertad; las coplas que Anastasio Quiroga aprendió del abuelo de su abuelo y la música de Astor Piazzolla; la Gran Esfinge y la radio transoceánica; la muralla china vista mejor por mis lentes de contacto.

Nunca los cambios separaron y acercaron más las cosas (ya no entendemos a nuestros padres, que se quedaron demasiado atrás, pero llegamos, gracias al Concorde, en tres horas y media de París a New York).

Hace muchos siglos que no aparece una religión importante, como el budismo o el cristianismo; hemos subordinado a los elementos de la Creación pero no levantamos templos honorables ni mejores propuestas morales que las antiguas, nos separamos del águila y la hormiga, la lluvia y la nieve.

No sé qué o quién me hace caminar por el mundo esperando que lo encuentre; es más que Marlene esperando que dé el salto del otro lado del cigarrillo, es más que Londres o Ginebra o Atenas o Tel Aviv, es más que esa lenta armonía de tiempo y espacio que llamamos Asia, es más que el Islam, antes o después de la India, es más que China, continuándolos, es más que la madrugada excitada en Singapur.

No sé qué debo responder a los dioses que me llaman desde Lima o Milán, que me hunden en los barcos que se hunden, graciosamente, en los mares de la Tierra, que me llevan de la esperanza a la duda, dos puntas del mismo desvarío, que me hacen contar lo que me contaron; no sé. Estoy cansado de explicarme frente a los jóvenes en las universidades; ningún hombre puede bajar tanto, es como someterse a una mujer. Ellos no pueden juzgarme, no debo permitirlo; estoy cansado de la sinceridad, prefiero el ingenio. Oscar Wilde, creo, decía que la naturalidad es otra pose, y la más despreciable; totalmente de acuerdo, Facundo. Odio las sectas, que tienen la predilección del Diablo, que ama a la familia, el nacionalismo, los congresos y las asambleas, esas asociaciones pretenciosas e inútiles.

La sinceridad que defienden no es lo contrario de la mentira sino otra manera de ella; estoy cansado de ellos, de su inocente y castrante obsesión. Tampoco admito que el hipócrita lector sea mi juez. Harto de revelar secretos, de confesarme ante pecadores o virtuosos que nunca nacieron, sospecho que el perdón no existe porque no existe la condena. Dios no puede descender tanto. El talento vuela alto si obvia a la sinceridad, que es tan barata como la esquina del barrio que glorificamos para justificar nuestro miedo al presente y pánico al futuro.

A mi edad debo reconocer que no se puede luchar contra el Destino porque enfadado empeora sus planes para con nosotros (y de última, nos llevará a la fuerza).

Hoy, domingo para que la semana se desnude y los padres pidan perdón a sus hijos por la separación sacándolos a pasear, cansado de ser esclavo de lo que odio y solitario en lo que amo, busco la libertad escapando de los afectos malditamente heredados; prefiero la dolorosa, la oscura belleza de la soledad.

La mayoría (exageración de la familia) no me deja en paz; lucho por no dejarlos entrar en mi vida para poder descansar. No permitiré que me dobleguen, y solo lo conseguiré renunciando, es decir entregándome al Destino.

Los caminos traen lo imprevisto, despreocupados de lo que agitan.

Con el misterio canto al Misterio; esa es la curiosa tarea que me ocupa, el extraño oficio de querer o tener que formular o declarar a cada paso el verdadero sentido, el ideal de cada cosa

Últimamente me aburro mucho con los teóricos, incluso con los que más trajiné, es decir Ionesco, Octavio Paz, Marcusse; cada vez pongo más empeño en la vida de los instintos, más fervor en el animal, porque la sangre y la carne son más sabios que la inteligencia. La mente y el espíritu pueden equivocarse, pero la sangre y la carne no porque el animal sólo hace lo que tiene ganas de hacer y, cuando se limita, es por culpa de los prejuicios de la mente (hacer lo que se tiene ganas de hacer es lo más sensato en este mundo bello, pero ante todo práctico, aunque muchas veces pienso de qué serviría, mi amor, esta casa práctica si no hubiésemos tenido este bello planeta donde posarla).

El cuerpo es una hoguera verdadera, una hoguera de llamas dinámicas, de luz multidireccional que ilumina todo lo que me rodea; no quiero seguir perdiendo mi vida en explicar las cosas que rodean a mi cuerpo. Por Dios, y no por mi inteligencia, seguirá existiendo esa hoguera que provoca las llamas por las que me aman los que amo. Esta es mi religión.

Para los mal llamados religiosos, gozar es pecar, ser sensible es un mal, la carne y lo mundano son malos, la belleza es una tentación que debe evitarse.

Yo no creo que una buena acción sustituya al amor, sin el cual todo conduce al sufrimiento. No hay mejor manera del afecto que la sensibilidad, sin la cual todo culto es una fuga de la realidad.

El pensamiento depende de los sentidos; él es el que cree pecaminosa a la sensibilidad. Virtuoso es el que supera al pensamiento; ése es el punto más alto de la sensibilidad, que es el amor. El amor jamás puede ser pecado, tampoco los sentidos que lo exaltan; el dolor huye del amor, la desdicha es imposible.

Aquí he llegado, solo, como quería, sin el lastre de los parientes, sin el conflicto de los amigos que, por ayudar, complican todo; y no me siento en un territorio sino en un templo, en un escenario donde nada es real, donde todos siguen los caprichos de un misterioso director.

Simpatizamos fácilmente porque no tenemos una finalidad; hay algo perverso en este comercio, algo más allá de la moral, algo más acá del fondo.

No sé nada, aquí, donde el mexicano es todo lo contrario al gringo y el indígena es todo lo contrario a cualquiera, no sé nada de nada; boquiabierto, deambulo por este circo donde cada uno hace su número, su acto, ajeno por completo a sus compañeros de varieté.

La amazona salta con su caballo blanco y pasa por el aro con fuego, el mexicano danza entre sus cruces, el indígena, hacha en mano, canta su monótona canción.

Desde un costado, tratando de no caer en la inocente tentación de participar tomando partido, veo a los republicanos marcar las diferencias con los demócratas, a los indigenistas discutiendo con los pro mexicanos, a los artistas aparte de los abogados. Si yo hablara, sabrían que soy yo mismo y me tirarían a la hoguera.

Los ecos de mi antigua alma son iguales a los suyos, arrullan la misma canción tribal, aman al sol y temen a la luna.

He caminado mucho para llegar aquí y comprobar, como en China y la India, como en Francia y Grecia, en Israel o Guatemala, que la misma sangre nos enciende cuando llueve o suena el tambor, cuando muere un caballo o las flores renacen. Pero la sangre empuja hacia adelante y hay que seguir con ella.

En mi sangre están todas las tribus porque estallo a cada cántico, en cada hoguera. No soy un hijo del Espíritu Santo; mi abuelo fue un indígena perdido del rebaño que enamoró a mi abuela en una noche de luna llena para que engendrara a mi padre, el que encendió con sus ojos oscuros a mi madre, que se tendió en la hierba para las hogueras del amor que me nacieron para que busque en las tribus del mundo a mis hermanos, para que me sienta, como ahora, al otro extremo de la hoguera donde el anciano recita sin negarme ni aceptarme porque (viejo zorro) sabe que de tanto buscar estoy más perdido que nunca, tanto que, sin proponérmelo, tengo un estilo personal que me denuncia cuando me siento con mis hermanos alrededor del tambor (mi Señor, me he quedado solo).

Me cansan los europeos que niegan a Estados Unidos porque, al no tener tradición, carece de historia de la cultura; esto, y decir que está condenado por la eternidad es lo mismo. No sé si no tener tradición debe entristecer o alegrar a los norteamericanos; pienso que esto último es lo aceptado, pues la tremenda libertad de búsqueda que tienen se la deben al no tener patrones. A pesar de esto, son humildes en Europa, aceptan su desnudez, casi piden perdón en los museos y las calles donde se inclinan con admiración y cantan loas ante los fetiches que los italianos y los franceses, principalmente, llaman monumentos (no sé si los bárbaros norteamericanos se dan cuenta de la suerte que tuvieron al salvarse, por ejemplo, de los renacentistas, que todavía obstruyen el tránsito de la evolución).

Europa ordena sus columnas y sus óleos para entretener a los norteamericanos; siempre hay un coliseo, una catedral para admirar. Los aplausos de los turistas rompen los tímpanos de los europeos actuales, que, nadie sabe por qué, se sienten dueños de las obras de individuos que, en general, fueron combatidos o negados por los europeos de turno.

Al fin y al cabo, todo es por un montón de piedras, no importa que se las llame el Teatro de Marcello o la catedral de Toledo; escombros que tal vez sean un castigo y no un privilegio (muchas veces imaginé que los turistas, hastiados de admirar, quemaban los restos de una cultura, suicida por condenarnos, aunque sea por la duración de un tour, al pasado).

No se puede llegar lejos con el lastre de la tradición (cerremos la boca para que no nos envenenen el presente con la maldita tradición).

Que los europeos se burlen de los norteamericanos porque no tienen tradición, se me hace tan estúpido como reírse de un adolescente porque no ha hecho fortuna o porque no ganó el Premio Nobel de Medicina.

La belleza es la eternidad de la alegría, y la eternidad no tiene principio, es decir no tiene tradición, como la alegría.

La esperanza está más cerca de los que no tienen el aburrido peso de la tradición (el cóndor recién nacido es tan hermoso como el que vieron nuestros abuelos; si todos no somos el hombre, nadie lo es). Por emocionante que sea una obra de Goya, la Providencia me tiene preparadas muchas sorpresas, por lo menos tan conmovedoras como las que me provocó Velázquez. ¿Por qué suponer que todo termina en Rembrandt o en Leonardo?

Hasta morir (y de esto no estoy seguro) no se puede hablar de lo máximo, lo último, el final.

Europa, reina de aguas estancadas, pretende seguir señoreando en la mar, y declara a los norteamericanos, que por no estar demorados por una tradición llegaron a la Luna, que la catedral de San Marcos es el punto más alto.

Me dan pena los pueblos de tradiciones ya decididas como sus límites de belleza y creación, es decir los que no tienen más remedio que volver los ojos a Raphael y a Michelangelo, a Rodin y a Shakespeare.

Il Duomo de Florencia, El triunfo de la muerte de Brueghell, El jardín de las delicias del Bosch, son los límites del europeo, no de toda la humanidad, por bella que sea la catedral de Lincoln o el Museo de los Impresionistas, por alto que sea su vuelo, por profundo que sea su mensaje.

Bacon o Modigliani no pueden ser un ejemplo para los norteamericanos porque no son “su” Modigliani o “su” Bacon. Los europeos sufren su gloria, construida sobre los pájaros negros de las catedrales y la dorada Venecia; esta pesada fiebre está llegando a su hora crepuscular, en tanto los norteamericanos sueñan con el ayer de Europa y los europeos no se permiten la alegría de imaginar el mañana de los norteamericanos, que deberían dejar a aquellos librados a la condena de sus monumentos,

Los humanos no tienen límites; de los europeos son esas catedrales de las que no pueden escapar, pero Colón salió en dirección contraria para poblar un continente de gente que va y vuelve del espacio.

Amo la belleza clásica y acepto de buena gana los homenajes que se le hagan, que el tiempo la respete pero no que los hombres la santifiquen de tal suerte que olvidan que el alma es el padre de todas las cosas, que es el que eternamente revoluciona para que no perdamos de vista a la única realidad, que es el presente. Acepto al abuelo que absorto contempla las bellezas de sus contemporáneos, pero debemos reconocer que son las piedras, preciosas pero piedras al fin, que conforman el camino donde los jóvenes se apoyan para caminar su época y, si es posible, volar al futuro. Por bellas que sean las catedrales y las obras de Rivera o Corot, son hojas que cayeron del árbol de la historia del hombre, hojas que, como ninguna, alimentarán el fuego de la vida.

Lo que necesitamos los países jóvenes es inspiración, no los monumentos de la tradición, y la inspiración no se alcanza con cultura o tradición; para tener inspiración hay que tener fe, no la fe pública, exhibicionista, de los sectarios, sino la fe natural y eterna que nos hace levantar cada mañana de la cama, la fe que nos hace creer en el destino (ese misterio).

El mañana es un compromiso oscuro, profundo y extraño, no una pieza acabada, como el pasado; el mañana es el punzante apremio de nuestra juventud, la misma que nos llevará a la realización que encierra toda preñez. Sería suicida negar este impulso, que supera a toda tradición, a cualquier monumento que pretenda ser patrón y ley.

No es bueno ni sensato buscar apoyo en las perfecciones del pasado; hay que buscar en los misterios de lo irresuelto. Que los africanos miren al África y los norteamericanos a Estados Unidos, porque al alimento del futuro se lo busca en los graneros del presente, no del pasado, el pasado que narcotiza mortalmente.

Nuestro espíritu está en nuestro continente, en lo que despreciaron los conquistadores, los mediocres invasores que nos creyeron maldecidos. En ese diablo que ellos temieron está nuestro ser, en el aborigen salvaje nuestra identidad, en sus dioses nuestro Dios.

Ahí, detrás de lo oculto por la aparente derrota, está la divinidad que, suicidamente, buscamos en Europa.

Tomemos la vida donde la dejaron los mayas, continuemos a los incas, al Tutul Xiú, al Pacal que poco o nada conocemos. Recuperemos la sangre que derramaron los asesinos como Cortés, busquemos en Moctezuma, no en Sartre; allí encontraremos la razón que nos puso en este presente que no podemos eludir.

Los americanos debemos perfeccionar esa vital forma de vida; esa es nuestra responsabilidad, la tarea que nos salvará de los europeos y sus dogmas empolvados. Esto mejorará nuestra sensibilidad y liberará a nuestros sentimientos de los moldes impuestos por las bellezas y las luces del pasado europeo. Seamos conscientes de que nosotros podemos ampliar la vida porque somos nuevos, porque tenemos al acto que corresponde al presente.

A pesar de sentirme un hombre libre, siempre hay algo que me ata, sea la responsabilidad, las ideas, el amor que me encadena a lo amado o el odio que me encadena a lo odiado.

Me gusta meditar sobre mí mismo en medio de las groserías sociales; a pesar de no creer demasiado en la importancia de la existencia humana, tengo disciplina en mi vida. Gracias a esta disciplina pude soportar los tremendos golpes que recibí. Dormir ha dejado de ser un descanso; es como si recién ahora comenzaran a romperse los cascarones de los huevos que el mundo puso a calentar en mi cabeza y mi corazón.

Traigo la catarsis, el exorcismo a través del pánico y la furia; esta es una confesión escrita para liberar. A pesar de los moralistas, de los que parece que jamás nos libraremos, estoy del lado de la luz; el Diablo me ayuda a decirlo todo, aunque los resultados sean aterradores, porque siempre parten o van hacia la médula, como la vida (se me acercan los muchachos para agradecerme al Whitman que no conocían y al Krishnamurti que comienza a liberarlos; carpinteros, mecánicos, mucamas y jardineros me escuchan con atención… entonces, por primera vez, coincido con el tiempo y el espacio. Ahora podré completar la crónica de la batalla que cada día libramos para entender a nuestros más secretos conflictos).

Me lo he permitido todo al convertir mi obra artística en actos de vida; por caro que lo haya pagado, o por eso mismo, vale mucho más de lo que uno mismo puede suponer. La insolencia me permitió romper los límites que la educación, que es el colmo de la hipocresía, puso delante mío.

No escupí en el piso de tierra de la casa del pobre pero sí sobre la cara del rico; no hubo dictador que no supiera de mi odio ni esclavo al que no le haya llegado mi desprecio. El orgullo me salvó del cinismo que enseñan en las escuelas, de las normas que nos hacen prudentes hasta el ridículo, tímidos hasta el suicidio. A nadie he gobernado ni permití que nadie me gobernara, y fui respetuoso de los falsificadores de moneda porque no hay nada más falso que ella. Me retiré de la competencia porque, a lo sumo, hubiera vencido a esclavos, que es algo que jamás aprenderé a ser.

A salvo del bien, como único constructor, del convencer y el gustar donde se agota el hombre, libre de fórmula y mística para declararla, sin ilusiones que nublen a la realidad, ajeno a los sermones y la prisa de los ansiosos por un futuro que los distraiga del presente, vivo mi día sin alterarme con los comediantes que fingen respetar las ideas, que se ocupan de la continuidad y sus problemas idiotas, peor aún: falsos.

No habrá monumentos que me recuerden ni seré canonizado porque no soy tan hipócrita ni tan pobre como para hacerme cargo de nadie. Desnudándome, desnudo al hombre para que se vea tal cual es, no porque yo sea un moralista sino para tener con quién compartir los juegos de la vida, bella por inexplicable.

A veces mi espíritu sale a dar una vuelta por ahí, fundamentalmente para descansar de mi caprichoso cuerpo. En el mundo metafísico se libra de las vulgaridades sociales a que lo condenan mis huesos; entonces puede volar a todo lo ancho, a salvo de las tiránicas medidas del tiempo, principalmente el contemporáneo, donde hasta el arte tiende al caos, aunque tal vez no sea malo sino real porque, al fin y al cabo, el universo es un caos, grandioso, terrible y bello.

No siempre mi espíritu logra regresar a mi cuerpo que, sea como sea, es su casa; en casos así, como antes lo hizo mi padre pero con cuerpo y todo, se detiene a gozar la paz, inevitable para vivir.

Nunca dejé de pensar en todos estos años (aunque no sé si esto es para enorgullecerse), pensar severamente y escribir los resultados de ese andar pensando por el mundo, pensamiento que no me deja descansar ni siquiera en esta bella tarde frente al mar.

Fueron, y son, muchas las obsesiones que movilizaron a mi pensamiento, que tal vez sean los dioses pensando a través mío: las trivialidades y delicias de la carne, esa honorable pérdida de tiempo que llamamos filosofía, el inocente amor de los abuelos, que es la patria, la inutilidad de toda búsqueda, los crímenes y suicidios a que nos lleva la voluntad, las complejidades de la simple literatura, los grandiosos temores de la religión, la dudosa salud, la caprichosa belleza.

Trato de que el alma esté atenta, o mejor dicho: mi alma trata de que yo esté despierto. Así puedo (o podemos) abrir la puerta del mundo y salir a jugar a estadios donde son absurdos el lenguaje y los conceptos, un sereno desierto análogo a la muerte, donde señorea el silencio, que es el amor entero.

Decía que mi alma se pone cómoda en medio de las seguridades que prometen la ciencia y el Estado; el problema comienza cuando sale del artificial útero del confort y se entera del calor del infierno, del frío glacial que rodea a la realidad, esa entrometida que arruina todos los pretextos que inventan los ciudadanos para que los hombres descansen de las guerras de la existencia. Allí la coherencia se declara impotente y la razón se somete a la demencia; entonces mi alma corre a refugiarse en los brazos de las explicaciones, donde deja de tiritar cuando retoma los sueños que la entretendrán hasta que lo inevitable vuelva a denigrarla con sus sorpresas. Pero mientras esta desgracia no suceda, mi alma seguirá en su fortaleza de certezas, entre indiscutibles mapas que confirmarán los países, con sus montañas, mares, selvas y ciudades; con ellos evitará las molestias de la duda, que opaca al heroísmo y los proyectos, a los jueces que tan claramente dividen al bien del mal, certeros compinches en los banquetes del orden y los higiénicos coitos con que las damas legales calman el aburrimiento y las soledades de las camas cívicas.

No creo en los virtuosos pero menos en los ilusos; me sorprende que todavía existan seres que pierdan el tiempo soñando en medio de una realidad fantástica, que decreten un futuro sin necesidades, una vida sin guerra, un mundo como debería ser, no como es.

Por suerte mi cabeza no teme a la lucidez, a los eternos vendavales del cambio permanente; es un don que el Diablo dejó en mi cuna, un don negro que me salva de las virtudes blancas.

Mi cabeza es el centinela que no me permite olvidar ni dejar de ver a la realidad cara a cara.

Soy el pregonero de los fracasos fundamentales, un iluminado a fuerza de tanta sombra, visionario a costa de fracasos, un apasionado que por ver todo se quedó ciego, un ciego que encontró adentra el éxtasis de lo de afuera, enamorado del desamor, que es el punto adonde llevan todos los amores.

Insinúo, susurro, grito, lloro y río en las palabras que me declaran de idea entera; soy un marginado que ama la marginalidad dinámica (lo aceptado es estático) porque al margen encontró a los mejores: San Juan el Bautista, Gandhi, Picasso.

Soy un creyente poseído por el escepticismo, un maestro del desapego y la renuncia, un asceta lujurioso (el no poseer me produce un placer erótico); soy el más pagano de los predicadores, alguien que podría llegar a ser grande, si no cayera en la tentación de crear.

Me fascina y agota la idea de poder superar toda ilusión, negar cualquier complicidad con el statu quo de donde fuere, no acumular dogmas para salvarme del transcurrir de los días.

Soy un vendedor de ropa vieja, de sábanas que las mujeres empeñan porque sus maridos ya no las tocan, de guitarras que perdieron la furia.

Soy el cantor de una era apocalíptica en la que el hombre, si no cambia, desaparece; soy el cantor al que no le es suficiente hacer poesía sino que le es necesario vivir poéticamente, alguien al que no solo basta saber qué y cómo piensa sino que necesita vivenciar cada provocación de ese pensamiento.

Soy uno de los que inventan universos paralelos al de las noches y los días; se conforman de sonidos y colores, de formas que dejan sospechar texturas, de movimientos que excitan a la memoria que un día descansará, como la de mi madre, por el benévolo regalo del olvido, que es una gentileza de los dioses.

Cuando perdamos el miedo a la muerte podremos morir; por eso estoy aprendiendo el ritmo de la vida, el dar y el tomar, la luz y la sombra, el bien y el mal, el macho y la hembra, el flujo y el reflujo que son el arte de vivir.

No pido buen trato porque soy un luchador; he peleado hasta con mis antepasados para liberarme de sus influencias, para terminar con su autoridad sobre mí. Me alimento de los grandes espíritus que danzan alrededor del gran maestro, qué es la Naturaleza; ellos me enseñaron que el sol no dejará de brillar nunca, como nunca será estéril la tierra, ni siquiera cuando vuelva a estar debajo de este mar.

No pretendo encontrar el sentido de la vida ni hurgar en los misteriosos arcones de la eternidad; me basta y sobra este minuto del presente en que me integro al mar y sus maravillas.

Cioran deslumbra a mi intelecto pero no conmueve a mi corazón ni convence a mi piel con su escepticismo, que es tanto que se confunde con el otro extremo, es decir San Agustín (al culpable y a la verdad se lo buscan dentro).

Ahora compruebo que el ver o el pretender ver, es sufrimiento (no comeréis los frutos del árbol del saber; Borges, que lo sabe todo, lo olvidó, y por eso tuvo que escribir, lamentablemente: he cometido el peor de los pecados… no fui feliz).

El hombre está solo ante la alienación y la muerte; el hombre, ese individuo, desconfía de los sistemas y las ideologías totalizantes, esa hipócrita ingeniería social. Solo se redime con los ideales y la libertad, es decir la ética; eso le calma el dolor de ser un condenado. Me llamo a mí mismo, pues solo yo puedo salvarme de la pretenciosa inteligencia; ya sé que llegaré al conocimiento a través del hueso, la sangre y la carne, porque lo intelectual solo tiene sentido como juego.

No quiero ser un anciano enfermo e informado, conocedor de lo ideal, que tanto nos hace sufrir en medio de lo real; quiero levantarme sobre las ruinas de la filosofía, que no sirve para vivir, y comenzar a caminar salvajemente con el salvaje animal que la salvaje naturaleza me dejó a cargo.

De nada me sirvieron la química y los conceptos del cobarde fantasma que es el raciocinio; que todo consiste en la voluntad de vivir, que ahí está la naturaleza del ser; que hay un Dios que ordena matemáticamente al universo.

Solo palabras, idas y venidas de sentidos que no fueron más que justificaciones para no enfrentarme con la tormenta, el crimen y la manzana; lo verdadero escapa de las palabras, es intangible e innombrable, es la sutil e invisible atmósfera que rodea a las piedras, que les da textura a las flores, es la caricia que sentimos en el mar y la mano que nos destruye. Lo verdadero está en el instante, inapresable, inexpresable, privilegio de cualquiera, aunque no se dé cuenta.

Somos una absurda pretensión de la nada o la nada más pretenciosa del Todo; y pensamos que con una fórmula estaremos más seguros, aunque más no sea para justificarnos frente al espíritu, para darle una forma a esto que somos.

Frente a la música o el sexo, el saber se declara nulo; por mucho que profundicemos, no trascendemos la superficie de las cosas. Solo la desesperación nos hace definir.

Nos gusta la palabra porque con ella nos manejamos, y soñamos manejar, a placer; pero es ineficaz porque el ser es mudo y el espíritu silencioso. La aceptación de esto es el principio del verdadero conocimiento.

Solo inventamos términos, nada más, aunque en el fondo sabemos que no hay más que cuatro o cinco ideas que el hombre ha urdido a lo largo de su historia, cuatro o cinco aptitudes frente a la vida que con solo un acto, la muerte, las borra, o las deja como dudosa herencia para que se distraigan los que vendrán.

La poesía nos asalta desde afuera pero es lo más propio que tenemos, dice Borges. El cuento sale de adentro pero va hacia afuera, no nos pertenece el protagonista, no sabemos qué hacía en nuestra imaginación.

En nuestros días, es fácil encontrar escritores que se pierden entre muebles, lluvias y jarrones, que pierden de vista al José que nunca aclaran ni nos dejan saber si es el jardinero o el gato, que por demorarse en tardes y cortinas no alcanzan a contarnos quién es esa muchacha que no llega nunca.

Por qué tanta intriga, tanto cansancio para contarnos a quiénes sucede lo que nunca termina de suceder, para contarnos el cuento que muchas veces no logra contarnos, extraviados entre frases y avenidas, tormentas y pasteles. ¿No sería mejor decir: había una vez un hombre llamado José que esperaba a una muchacha llamada María, principalmente en las tardes lluviosas?

El éxito me ha demostrado que estamos locos; yo no era tan malo como para que no me escuchara nadie ni soy tan bueno como para que me adoren, es decir que antes fue una injusticia y ahora un error.

Es demasiado peso el recuerdo de lo vivido en la memoria; sueño con el olvido, la maravilla que me hará descansar.

Frente al Himalaya, recuerdo que Kipling decía que este no era lugar para hombres sino para dioses; la verdad tampoco es para los humanos pues su grandiosa luz nos cegaría, nos enloquecerían sus múltiples voces.

¿En qué lugar del amado y trajinado mundo me detendrá el cansancio? El hijo de mi hermana lo sabrá pero no le importará demasiado, distraído en búsquedas que a mí tampoco me importarían.

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Author: Carlitos Way BLOG

El tiempo... Traicionero amigo... Quizás nos permite ver todo más claro, tal vez nos permita calmarnos un poco y seguramente también hará que perdamos la oportunidad y lo perdamos todo...

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