La hora del Hombre


CADA HORA DEL HOMBRE es un lugar vivo de nuestra
existencia que ocurre una sola vez, irremplazable para
siempre. Aquí reside la tensión de la vida, su grandeza, la
posibilidad de que la inasible fugacidad del tiempo se
colme de instantes absolutos, de modo que, al mirar hacia
atrás, el largo trayecto se nos aparece como el desgranarse
de días sagrados, inscriptos en tiempos o en épocas
diferentes.
Detener la vida, su inefable transcurrir, no sólo es
imposible sino que, de hacerlo, caeríamos en la más negra
de las depresiones; los días nos pasarían carentes de toda
trascendencia, nos sobrarían y podríamos desperdiciarlos
banalmente ya que nada esencial se jugaría en ellos. La vida
del hombre se reduciría a la felicidad que pudiera acuñar,
como si la más grande de las existencias fuese la que mejor
se asemejase a un viaje de placer en un barco de lujo.
Creo que lo esencial de la vida es la fidelidad a lo que
uno cree su destino, que se revela en esos momentos
decisivos, esos cruces de caminos que son difíciles de
soportar pero que nos abren a las grandes opciones. Son
momentos muy graves porque la elección nos sobrepasa,
uno no ve hacia adelante ni hacia atrás, como si nos
cubriese una niebla en la hora crucial, o como si uno tuviera
que elegir la carta decisiva de la existencia con los ojos
cerrados.

Algo de esto nos pasa hoy, cuando millones de personas
comprendemos la urgencia en que se vive, y no atinamos
a divisar la luz que nos oriente. Unidos en la entrega a los
demás y en el deseo absoluto de un mundo más humano,
es preciso resistir. Esto bastará para esperar lo que la vida nos depare.

Desde joven he vivido la zozobra de la libertad. He
pasado momentos de angustia sin saber qué hacer, sin
comprender qué resultaría de una elección grave frente a la
cual, sin embargo, nunca pude evaluar con mesura los
hechos. Me recuerdo como quien corriera un tramo por un
sendero perdido, y luego volviera hacia atrás, sin hallar el
dato definitivo que probara que aquél era un buen camino.
Pendulaba a la deriva hasta el momento crucial en que me
llegaba la decisión al alma, y entonces avanzaba hacia ella
cualesquiera fuesen las consecuencias.

Los valores son los que nos orientan y presiden las
grandes decisiones. Desgraciadamente, por las condiciones
inhumanas del trabajo, por educación o por miedo, muchas
personas no se atreven a decidir conforme a su vocación,
conforme a ese llamado interior que el ser humano escucha
en el silencio del alma. Y tampoco se arriesgan a
equivocarse varias veces. Y sin embargo, la fidelidad a la
vocación, ese misterioso llamado, es el fiel de la balanza
donde se juega la existencia si uno ha tenido el privilegio
de vivir en libertad.

Hay momentos decisivos en la vida de los pueblos
como en la de los hombres. Hoy estamos atravesando uno
de ellos con todos los peligros que acarrean; pero toda
desgracia tiene su fruto si el hombre es capaz de soportar el
infortunio con grandeza, sin claudicar a sus valores.
Como en la vida de los hombres, las culturas atraviesan
períodos fecundos donde los momentos de dolor y de
alegría se alternan bajo el mismo cielo; los pueblos siguen el
acontecer de la vida con una mirada que les viene de
generaciones e incorporan los cambios a un sentido que los trasciende.

Éste no es uno de esos momentos, por el contrario, es un
tiempo angustioso y decisivo, como lo fue el pasaje de los
días imperiales de Roma al feudalismo, o de la Edad Media
al capitalismo. Pero me atrevería a decir que es más grave
porque es absoluto, ya que la vida misma del planeta está
en juego.
Nuestra cultura está mostrando signos inequívocos de
la proximidad de su fin. Sin tregua se ve obligada a
reinventar noticias, modas o nuevas variantes, porque nada
de lo que extrae de sí es perdurable, fecundo o sanante.
Como cuando un enfermo está muy grave y el médico
le receta algo nuevo cada día y la familia, en su
desesperación, cambia de médico y de tratamientos. Así
nos está pasando, confundimos noticia con novedad. Lo
decisivo es no creer que todo seguirá igual y que este modo
de vivir da para rato.

La capacidad de convicción de nuestra civilización es
casi inexistente y se concentra en convencer a la gente de
las bondades de sus cachivaches, que por cientos de
millones se ofrecen en el mercado, sin tener en cuenta la
basura que se acumula hora a hora, y que la tierra no puede
asimilar. La globalización, que tanta amargura ha
traído, tiene su contrapartida: ya no hay posibilidades para
los pueblos ni para las personas de jugarse por sí mismos.
Ésta es una hora decisiva no para este o aquel país, sino
para la tierra toda. Sobre nuestra generación pesa el
destino, es ésta nuestra responsabilidad histórica.
Estos tiempos modernos de Occidente, otorgaron a los hombres
una cultura que les dio amparo y orientación. Bajo su firmamento, los seres
humanos atravesaron con euforia momentos de esplendor
y sufrieron con entereza guerras y miserias atroces. Hoy
con dificultad vamos aceptando su inercia e inmovilismo, su necesario
invierno, sabiendo que ha sido construida con los afanes de
millones de hombres que han dedicado su vida, sus años,
sus estudios, la totalidad de sus horas de trabajo,
y la sangre de todos los que cayeron, con sentido o inútilmente,
para bien o para mal, durante cinco siglos.

La Modernidad comenzó con el Renacimiento, un
tiempo inigualable en creaciones, inventos y
descubrimientos. Fue una etapa que, como la niñez, estaba
aún bajo la mirada de sus predecesores. Fue el racionalismo
su verdadera independencia.
Se han recorrido hasta el abismo las sendas de la cultura
humanista. Aquel hombre europeo que entró en la historia
moderna lleno de confianza en sí mismo y en sus
potencialidades creadoras, ahora sale de ella con su fe
hecha jirones.
Estamos indudablemente frente a la más grave
encrucijada de la historia, ya no se puede avanzar más por
el mismo camino. Hace tiempo que el sentimiento
humanista de la vida perdió su frescura; en su interior han
estallado contradicciones destructivas: el escepticismo le ha
minado su ánimo. La fe en el hombre y en las fuerzas
autónomas que lo sostenían se han conmovido hasta el
fondo. Las altas torres se han derrumbado. Demasiadas
esperanzas se han quebrado en el corazón de los hombres.
¿Era el destino del ser humano intentar su supremacía y su
independencia?, ¿estaba esta hora inscripta ya en los
papiros de la eternidad?
Resignarse es una cobardía, es el sentimiento
que justifica el abandono de aquello por lo cual vale la pena
luchar, es, de alguna manera, una indignidad. La
aceptación es el respeto por la voluntad de otro, sea éste un
ser humano o el destino mismo. No nace del miedo como la
resignación, sino que es más bien un fruto.
No sé si alguien, antes de Berdiaev, predijo que
volveríamos a una nueva Edad Media. Sería posible y
también sanante. Ciertos elementos parecieran estar
presentes indicando semejanzas, como el estado de
putrefacción del poder en Roma, donde el cuidado que se
había puesto en la elección de los sucesores del César
decayó hasta la irresponsabilidad, que es un grave síntoma;
la tendencia a enfeudarse, por los peligros externos.
Entonces, como ahora, afuera no había seguridad y la
violencia diezmaba a quienes no quedaban protegidos por
las murallas. También la drástica división entre poderosos
y pobres; la creciente religiosidad. Entonces los que
quedaron cortados fueron los caminos, hoy habrían de ser
los cables, a no ser que fueran ellos los “convertidos” y la
televisión pasara a servir a la gente.

¿Quién podrá guiarnos hoy?, ¿quiénes son esos seres
humanos que, como Juana de Arco o el pequeño David,
convirtieron una historia con la sola ayuda de su fe y de su
coraje?
Así como en la muerte individual hay algo que sucede
en el espíritu, y que da lugar a la aceptación de la muerte,
es importante que nuestra cultura termine de deshojarse.
Toda conversión, como la muerte misma, tiene un pasaje,
un tiempo para abandonar los rasgos del pasado y aceptar
la historia como se acepta la vejez. Hacernos cómplices del
tiempo para que caigan los velos y se desnude la verdad
simple. Si algo se les debe a los hombres es la posibilidad
de que la verdad madure y se muestre una vez por entero,
sin las distorsiones de la propaganda o de los
oportunismos.

Siento esta posibilidad de recomenzar
otra manera de vivir. Lo que ayuda a la decisión es un mar
de fondo, que se ha ido formando a través de hechos
aislados que comienzan a entramarse, imágenes que nos
sorprenden, libros que leemos. La gente que frecuentamos,
un sentimiento de patria cuando estamos en el exilio. Algo
diferente que se valora, que nos asombra y que sentimos
como una utopía que se nos acercara. El cambio se da
cuando nuestra mirada no se separa de ella.

Como bien dijoKierkegaard, “la fe comienza precisamente donde acaba larazón”.
Momentos en que navego sin preguntas mar adentro,
no importan las lluvias ni los fríos. Y otros, en que
me amarro a viejas sabidurías esotéricas, y encuentro calor
en sus antiguas páginas como en las personas que me
rodean. He olvidado grandes trechos de la vida y, en cambio,
palpitan todavía en mi mano los encuentros, los momentos
de peligro y aventura y el nombre de quienes me han rescatado de las
depresiones y amarguras.

Me avergüenza pensar en los viejos que están solos,
arrumbados rumiando el triste inventario de lo perdido.
Los tiempos que creí malgastados tienen más luz que otros, que pensé sublimes.
No podemos olvidar que en estos viejos tiempos, ya
gastados en sus valores, hay quienes en nada creen, pero
también hay multitudes de seres humanos que trabajan y
siguen en la espera, como centinelas.

En la historia los cortes no son tajantes, y ya en las postrimerías del Imperio
Romano, sus ciudadanos frecuentaban a sus vecinos
bárbaros, y es seguro que tendrían amores con ellos; así ya
están entre nosotros los habitantes de otra manera de vivir.
Hoy como entonces hay multitudes de personas que no
pertenecen a esta civilización posmoderna, muchas están
trágicamente excluidas y otras muchas parecen aún formar
parte de las instituciones sociales pero su alma está
preñada de otros valores.
El pasaje es un paso atrás para que una nueva sensación
del universo vaya tomando lugar, del mismo modo que en
el campo se levantan los rastrojos para que la tierra
desnuda pueda recibir la nueva siembra.
¡Si nos enamoráramos de este pasaje!
¡Si en vez de alimentar los caldos de la desesperación y
de la angustia, nos volcáramos apasionados, revelando un
entusiasmo por lo nuevo que exprese la confianza que el
hombre puede tener en la vida misma, todo lo contrario de
la indiferencia! Dejar de amurallarnos, anhelar un mundo
humano y ya estar en camino.

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