AHORA, SIN NADA

Ahora, sin nada, como un mendigo, Ulises naufraga en Sheria, la isla de los feacios, para llegar al punto más bajo y desde ahí comenzar una nueva etapa de su viaje. Se cumple el designio: el héroe tiene que perder todas sus posesiones, tiene que vivir su soledad y la pobreza más extrema para poder volver a su país.
Soledad porque tiene que andar caminos diferentes a los demás y pobreza porque nada debe tener importancia para él, nada debe distraerlo de la consciencia de su meta, fuego interior que lo hará sobrevivir, superar todos los obstáculos.
Agotado, Ulises se tiende entre dos olivos ( cuna de la sabiduría), y se cubre con hojas, pero atento como un pastor que cuida su fuego, inevitable para sobrevivir, y desde aquí todo se encamina hacia su destino: los feacios lo reciben amablemente y lo llevan, dormido, a Ítaca, a la que no reconoce cuando despierta porque está cubierta por la niebla, a la que Atenea, que es la mismísima sabiduría, levanta para que Ulises se sienta en casa, cumplida su meta, y de a poco se va acostumbrando a la luz de la isla, reconociendo cada palmo de su tierra.
Cuatro siglos después, Platón, en su mito de la caverna, dirá que la luz de la verdad es tan fuerte que el buscador tiene que adaptarse a ella lentamente.
Ahora Ulises es reconocido por Argo, su perro, por Euriclea, su ama de cría, y por Penélope. Parte del alma que Ulises tiene que reconocerse, su otro yo, para estar completo, este buscador que ha vuelto al punto de partida para reiniciar un viaje eterno, pero ahora a plena luz para ver claramente a todos los obstáculos.
Homero sigue contándome este espejo del alma humana que me invita a seguir a los héroes en esta odisea donde podemos encontrar a Dios después de los horrores y al enemigo en nosotros mismos.
El mundo es sagrado, por eso encontré lugares sagrados en todas partes, no solamente en Israel o en el Tíbet, y los encontré después de mucho caminar, lugares que solo se pueden ver con los ojos de la sabiduría, capaces de penetrar cualquier sustancia, de ver lo invisible, y esos lugares suceden espontánea, naturalmente, entonces sentimos que el centro de la verdad está en nuestro corazón, por eso ahora, en la madurez, estoy gozando la paz del retiro merecido.
Ahora estoy camino a Ítaca, largo camino lleno de aventuras, de experiencias, sin miedo al tentador canto de las sirenas ni al furioso Poseidón porque no encontraré a esos peligrosos seres en el camino si mantengo elevado a mi pensamiento. Estoy plantado en mi mismo para gozar los amaneceres naranjas y los puertos azules, los corales y el ébano de los mercados fenicios y a los sabios de las ciudades egipcias.
Sé, desde Homero, que llegar a Ítaca será cumplir con mi destino, pero voy lentamente para llegar viejo a la isla para poder apreciar más a mi conquista, llegar viejo y rico para no esperar riquezas ajenas a mi llegada a Ítaca, que provocó el viaje.
Siempre me acompañaron esos seres tan luminosos como extraños que ven al mundo de otra manera, como Papantra, que fue una especie de esfinge del siglo XX, maestro en el que convivían multitud de realidades, todos los mundos paralelos, la más grande diversidad de calidades, siempre más allá de las reglas, de las normas, de los dogmas y las leyes convencionales. Papantra era la flor que surge en el cactus cada cien años, un testigo de todos los milagros, un proceso constante de transformación.
Vivir al lado de Papantra era ser testigo de continuos prodigios porque tenía todas las capacidades parapsicológicas de un mago y los conocimientos de un científico, además del alma y la sabiduría de un verdadero maestro, al que llegué de la mano de sus mejores discípulos, atraído, ante todo, por la música de sus palabras, una sinfonía que iluminaba todos los caminos, que levantaba castillos encantados en los desiertos, que hacía que todas las piedras preciosas vinieran a su mano encendida por el fuego del centro de la Tierra, que con un solo gesto hacía sonar a todas las campanas, que con su sonrisa perfumaba a los que lo rodeábamos, que estaba hasta cuando no estaba.
Los gnomos y las hadas estaban a su servicio, llevando y trayendo mensajes del más allá, y nada ocurría en el Universo que Papantra no lo supiera, por insignificante que fuera, y todo formaba parte del torrente de ideas con que nos inundaba en su ashram, donde llovía solo cuando a él se le daba la gana, a él, rico en lenguas que le acercaban todo, hasta los secretos de los jeroglíficos, más ricos del revés que del derecho, él, transformado por una mudanza de alma para que todo lo suyo fuera sagrado, para convertirse en el canal de un impulso divino, en un mahatma, es decir un alma grande que tenía todas las edades en un solo día.
Para Dios, decía Papantra, nosotros estamos cerca, pero para nosotros Dios está lejos hasta que comprendemos que está dentro nuestro, pero para llegar a eso hay que subir muchas montañas y correr muchos velos de luz y de sombra, entonces, cuando nos sentimos perdidos, encontramos a la verdad, al camino para llegar a Dios, pero no importa el tiempo , que solo existe en cada cosa en particular, pero no en lo general, en lo universal, en lo esencial, porque ahí señorea la eternidad, por eso la tarea es romper la prisión del tiempo para entrar a esa eternidad, donde armonizamos lo visible con lo invisible.
Esta vida es una caja llena de herramientas para vivir, para armar nuevos juegos, para mejorar o ajustar los viejos. Crear, siempre crear porque en el matiz, en la variedad, está la continuidad de la fiesta, en el cambio constante está la vida, en la multidireccional dad está la riqueza, por ejemplo cuando me cansé de mi pueblo me subí al tren que me llevó a los barcos y a los aviones que me llevaron al mundo, es decir a los ríos rápidos y a las tumultuosas ciudades, a los mares rojos y azules y negros, a todas las maneras de la música, a Delacroix, a Turner, a Klee, a las piedras de Henry Moore y a los alambres de Giacometti, lo que quiere decir que desde que subí al tren todo se agigantó, desde los matices a la soledad, que no me abandonó jamás, a la que aprendí a amar porque siempre conté con ella, y porque por ella me conozco.
En mis letras registro cada momento y cada paso, por eso escribir y leer es caminar conmigo por el mundo que camino, el del lado de afuera y el del lado de adentro.

Solo se puede sobrevivir comulgando con el presente, sin las cadenas del pasado ni la ansiedad que provoca la idea del futuro. El presente, el momento, el instante, es una constante reencarnación, un estar despierto para no perdernos las revelaciones, que suceden en cualquier momento.
Los misterios me rodean, y esto es excitante, pero también amo a la razón, aunque solo me explique lo artificial, la razón que fácilmente puede ser mi verdugo, la razón que ha cegado a los occidentales. De todas maneras, en todas partes encuentro las huellas de las infinitas manos de Dios, entonces solo me queda gozar su obra y cantar su gloria, y retrato lo que puedo, rápidamente porque los cambios de la Naturaleza son constantes, por eso cada instante es un resumen de la totalidad.
No hay moral sino morales porque no hay un grupo sino muchos, pero detrás de todas ellas, o el promedio de todas, es solo una, por eso, cuando estamos solos, fuera de la secta o el grupo, todos sabemos qué es lo que está mal y qué es lo que está bien, y esa moral universal se hace oír en la conciencia de cada uno, y ese es el dato de que todos pertenecemos a una sola Humanidad, por eso las divisiones son ilusiones suicidas y homicidas, prejuicios muy peligrosos para todos, hasta San Agustín llegó a decir que las virtudes de los paganos son vicios magníficos.
Solo desde el uno mismo se puede reconocer al uno mismo que hay en cada individuo, lo que es imposible desde una etnia, desde una secta, desde la religión o la política, solo desde el uno mismo podemos comenzar a hablar de lo que tenemos en común y no de lo que hemos hecho hasta ahora, y que nos ha costado, y nos cuesta tanto. La diversidad es lo que nos enriquece, entonces debemos buscar la armonía de desiguales, no la igualdad que, además de ser una ilusión, empobrece y masifica. Solo el que ha llegado a su punto central puede llegar al punto central de todos, lo que quiere decir que solo puede haber una comunicación profunda de individuo a individuo.
Para pertenecer a la especie humana, el único requisito es ser humano, al fin y al cabo somos más semejantes de lo que creemos, aunque un aborto signifique cosas muy diferentes para una mujer de Montecarlo que para una mujer de Somalia. La hospitalidad es la verdadera cultura, que por ella vive, la hospitalidad que acepta todo, la hospitalidad que me acercó al Quijote y al Kybalión, al Libro tibetano de los muertos y al Popol Vuh,a Wallace Stevens y al Eclesiastés, y la hospitalidad es ética, o la ética es hospitalidad, y esto es bueno recordarlo para ponerlo en acción en estos días de exilios y destierros, de inmigraciones forzadas, de exclusiones, es decir de fobias suicidas porque la espalda que das se te dará, y esto es la muerte para todos.
Dijo Meleagro un siglo antes de Jesús, y lo dijo para que fuera su epitafio: La única patria es el mundo en el que vivimos, y de un solo caos venimos todos los mortales.
Pocos vivos toman consciencia de lo que tuvo consciencia este muerto, y nada tan real, tan digno de tener en cuenta. Este epitafio es un llamado de atención, un alerta y un decreto.
Nada está afuera porque hay un solo Universo, todo está adentro, por eso solo habrá paz cuando seamos lo que debemos ser, lo que está previsto que seamos: cosmopolitas, ese es el plan de la Naturaleza, solo así la capacidad humana alcanzará su sazón, en el único nivel previsto, el colectivo, porque la Humanidad es un solo ser, un solo cuerpo atomizado seis mil millones de veces, por eso cada uno debe estar consciente de su parte porque solo de individuo en individuo se llega a la totalidad ( una función que no se cumple, un órgano que no se utiliza es peligroso porque es una contradicción, y una contradicción es un suicidio general).
La Naturaleza concibió al hombre, como a todo, como un todo, y para eso debe cumplir con todas sus facultades, y para eso, a partir de él, debe estar comunicado con todo para que no lo gobierne el animal, que es solo un vehículo para tareas inferiores, y como nuestro paso por la Tierra es corto, debemos tener consciencia de que, como individuos, somos un eslabón, que lo que importa es la continuidad, la especie, que va acumulando conocimiento de individuo a individuo, de generación en generación, y esto es el verdadero progreso, por eso crecemos todos o no crece nadie.
No hay nada más importante que las palabras, recuerda que en el principio fue el Verbo, Dios dijo: Hágase la luz, y la luz se hizo, y estamos hechos a semejanza del Creador, mi padre solo dijo dos o tres palabras al oído de mi madre, y la incendió de tal manera que tuvo siete hijos. No hay duda que en las palabras comienza todo, por eso a ellas dedicaré la última etapa de mi vida terrenal, de todas maneras, contar es cantar con la música de las palabras.
Decía Pasteur: Un poco de ciencia nos aleja de Dios, pero mucho nos acerca, y un ejemplo es Einstein, que llegó a decir que la luz es la sombra de Dios.
Juntar bien las palabras es un acto mágico que puede cambiarlo todo, o aclararnos cosas, como las de Heráclito: No bajarás dos veces al mismo río pues no te bañarán dos veces las mismas aguas, o las de Jesús: Morirás para nacer, o las de Lao Tsè: Sabiduría es encontrar lo mucho en lo poco, o las de Borges: Es en vano que golpees la puerta, estamos adentro.
El poder no te librará del tedio, solo en la plenitud no hay hastío ni aburrimiento, la plenitud donde vivenciamos a lo absoluto, a la nada esencial que está más allá de las maravillas que nos rodean, que se dejan sentir en nosotros cuando nos dejamos ser, cuando nos liberamos del ilusorio yo, del estatismo, de las cosas muertas de nuestra memoria, de la imagen que nos crearon otros, que es a lo único que pueden afectar los otros, tan dormidos que creen que eso somos.
Sepárate de los que hace siglos vienen mendigando salvación de rodillas, libérate del miedo y de la culpa y ponte de pie para caminar con los hombres de frente a la luz, cambia al desconsuelo por el orgullo de ser hijo del Rey del Universo, deja de sufrir, de llorar por lo que no son más que supersticiones y canta la gloria del nuevo día, la oportunidad de empezar todo de nuevo cada mañana, déjate tentar por la existencia y anímate a los ríos que te bendecirán constantemente porque todos los ríos son el Jordán para los que llevamos a Jesús en el corazón.
Desapegados de las apariencias, comenzamos a sentir el eterno fuego de la verdad, cuyo centro es Dios, que nunca nos la revelará para que vivamos en un estado de permanente excitación, y eso es el arte, que no es suficiente si no llegamos a vivir artísticamente, ¿o no estamos dentro de un maravilloso espectáculo?, lagos entre montañas, volcanes en medio de islas rodeadas de ballenas y tiburones, osos jugando en la nieve, pingüinos sobre las piedras redondeadas de la costa, monos en las palmeras y águilas entre las nubes, la Luna iluminando a los desiertos y el sol a los puertos de donde salen los barcos en todas direcciones, la música poniéndole alas a nuestro esqueleto y la poesía enriqueciendo a la prosa de las calles, ¿no es la vida un grandioso espectáculo?, ¿y no estamos hechos a semejanza del Creador?, entonces el arte es la más alta y bella de las religiones, tan generosa que ni siquiera nos impone mandamientos, lo que nos hace responsables de nuestros actos (si cada uno cuidara su árbol, el bosque sería maravilloso).
La vida es una excitación constante, por eso no veo pecado en los deseos, ¿còmo vivir indiferente ante tantas bellezas? Dios nos provoca, amorosa y violentamente, para que rompamos todos los límites, como Rothko los de la pintura, como Stravinski los de la música.
Nada mejor que vivir en arte para recrear y recrearnos, para darle nuevos dioses a la mitología, lo mejor de uno atomizado, lo que hay pero más porque la vida no se detiene, por eso la única muerte es quedarse quieto, pero el artista, aún muerto, sobrevive en su obra, sigue creciendo en los demás, en los jóvenes que beberán de su fuente, por eso Whitman y Blake y Gibràn siguen creciendo en mí, como muchos beberán de la mía, inagotable porque estoy despierto para ver todo, ahora a las cuatro lunas de Júpiter, el de los ríos de azufre, donde el día dura menos de diez horas.
El azar es otro juego del destino porque está todo decidido, escrito en el libro del Cielo, donde la Biblia y el Corán son dos capítulos más. No hay improvisación en el Universo, que es caos y recreación constante, el desordenar para volver a ordenar, el flujo y reflujo, el salir para entrar, salir de un útero para entrar a otro mayor, muriendo para renacer cada vez más alto porque la vida es circular pero en espiral, por eso volvemos a ver lo mismo pero desde más arriba, como en la vejez, que vemos abajo y muy lejos lo vivido.
Al nacer nos cargan la mochila con las piedras más pesadas, las de la costumbre, que es la enemiga de la evolución, y nos encadenan los pies para que no podamos irnos lejos de sus prejuicios, por eso la tarea (a veces de toda la vida) es sacarnos esa mochila y romper esas cadenas del miedo, que es la antítesis del amor, que es valentía.
No hay elegidos, todos podemos salvarnos, es decisión de cada uno andar por la luz o por las sombras, el mundo es lo que tu quieras que sea, y sin apuro porque transitamos la eternidad, y en la eternidad siempre se puede empezar de nuevo.

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