Once minutos.

Once minutos. El mundo giraba en torno de algo que duraba solamente once minutos.

En realidad, son cuarenta y cinco minutos y, aun así, si descontamos el tiempo de quitarse la ropa, ensayar alguna falsa caricia, hablar de algo trivial, vestirse, reduciremos este tiempo a once minutos de sexo propiamente dicho.»

Y por esos once minutos en un día de veinticuatro horas (considerando que todos hiciesen el amor con sus esposas todos los días, lo que era un verdadero absurdo y una gran mentira), los hombres se casan, sustentan a la familia, aguantan el llanto de los niños, se deshacen en explicaciones cuando llegan tarde a casa, ven a decenas, centenas de mujeres con las que les gustaría pasear por el lago de Géneve, compran ropa cara para ellos, ropa aún más cara para ellas, pagan a prostitutas para compensar lo que echan en falta, sustentan una gigantesca industria de cosméticos, dietas, gimnasia, pornografía, poder, y cuando quedan con otros hombres, al contrario de lo que decía la leyenda, jamás hablan de mujeres. Charlaban sobre trabajo, dinero y deporte.

Algo iba muy mal en la civilización; y ese algo no era la deforestación amazónica, ni la capa de ozono, ni la muerte de los pandas, ni el tabaco, ni los alimentos cancerígenos, ni la situación de las cárceles, como gritaban los periódicos.

Era exactamente aquello en lo que ella trabajaba: el sexo.

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